El gasolinero

Las aulas repletas

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Francisco Navarro

Hay noticias que tienen efectos regresivos en las retozonas mientes de quien esto escribe.

Basilio no es débil

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Francisco Navarro

Basilio es un tipo con poca personalidad y barba rala y gris. Basilio gasta gafas, cómo quien esto escribe, desde siempre y las lleva desde siempre sucias. Las gafas de Basilio, según su abuela, parecen «dos adobes»; para la abuela de Basilio el adobe era el epítome de la suciedad. Basilio se mira cada mañana al espejo, sin gafas, a ver que ve; pero no ve nada, solo la misma cara anodina de todas las mañanas.

Don Antonio, el maestro

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Francisco Navarro

Pudo haber sido en una parroquia de barrio, sin oropeles y repleta, en una calurosa mañana de mayo. Una iglesia de fe pura, musical y escandalosa, con gente arreglada y oliendo a domingo. Cada tanto el cura se asoma por la puerta de la sacristía, sonriente y con descaro comprueba cómo se va llenando la bancada. El coro calienta voces, por bajini, tararea los Sonidos del Silencio; la letra es el Padrenuestro.

El chiflo del afilador

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Francisco Navarro

Hay gente que a la flautilla de Pan que hacen sonar los afiladores como reclamo le llaman chiflo; otros le dicen siringa; también  zanfoña, siku, antara, fusa, etcétera. Hay pocas profesiones que han logrado tener un sonido tan identificativo como el del chiflo de los afiladores, esa de suerte de jingle que una vez oído nadie duda de que aparecerá un orensano armado de una piedra de afilar.

Los derechos asertivos

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Francisco Navarro

El verdadero cambio —creo modestamente— llegó cuando desaparecieron de las calles los perros callejeros, anuentes, con el rabo cortado y las orejas gachas. Servían de distracción a los salvajes niños de aquellos años con calles de tierra.

El profesor Villasevil y el periodismo

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Francisco Navarro

Esta mañana, hace unos minutos como quien dice y gracias a las maravillas del teletransporte, mientras paseaba por las recoletas calles del Madrid de los Austrias —actividad que te recomiendo adelantado lector, sólo has de poseer la máquina adecuada y el estado de ánimo preciso para desmenuzarte en moléculas y volver a juntar tus átomos en la calle del Codo, pongo por ejemplo— me ha dado un vuelco el corazón.

Un asunto de orejas

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Francisco Navarro

Paquito nació primerizo y sietemesino. Llegó antes de tiempo, este hecho fue una constante en su vida. Durante todos sus días sufrió de puntualidad crónica y compulsiva, siempre llegaba cinco minutos antes, que sumandos a los quince que, según el Instituto de Estadística, se llega con retraso en la zona de prospección del  organismo mensurador, debía esperar un mínimo de veinte minutos.

Sin perdón

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Vivimos en una jodida novela de Dickens a la que, de momento, no se le ve el final y los nuevos capítulos son cada vez más negros y sombríos. El paro aumenta y la desesperación lo hace en proporción geométrica. Los guarismos del desempleo están formados por personas, a pesar de la aséptica neutralidad de los números.

Silvino Ortega, el sectario

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Silvino Ortega, alias Sedas, es someramente profundo; se queda en las primeras matas de cualquier cosa y no escarba casi nada, o más bien nada, en pos de la opinión. No lo necesita, no obstante, ya que Silvino Ortega (a) Sedas es sectario.

La vida secreta de los libros

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Francisco Navarro

La calle, llena de desconchones, parece más iluminada de lo que debiera. Nadie en su sano juicio espera un día brillante, con pájaros cantando, entre bombardeos, francotiradores y escombros.

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