“Las manchas de la honra, señor, solo se lavan con sangre”. Fue su única declaración, a pesar de lo cual el caso estaba claro: una mujer rubia de mediana edad muerta sobre un gran charco de sangre, y él, su asesino, sentado junto a ella esperándonos con el arma homicida en la mano. El dictamen fue tan claro como inmediato: era un caso claro de crimen pasional.