¿Para qué sirve la Eurocopa?
Nadie se ha preguntado para qué sirve ganar la Eurocopa de fútbol, pero todos los ignorantes del mundo se preguntan para qué sirve el bosón de Higgs (¿se le puede echar a las lentejas?, preguntaba algún bromista en Twitter). Quizá por eso, para no calentarse la cabeza promoviendo una actividad casi desconocida, los gobiernos de la España en crisis han convertido la investigación científica en uno de los objetivos preferidos de sus recortes: desde 2009 a 2011, se rebajaron sus partidas hasta un 30 por ciento, y en los presupuestos de 2012, otro 25 por ciento.
El bosón de Higgs, evidentemente, no puede echarse a las lentejas, al menos por ahora, pero, como toda investigación en ciencia básica, terminará generando aplicaciones cotidianas que aprovecharán todos, incluso los que colocan a la ciencia por debajo de sus manipulaciones trascendentes. De hecho, en el camino hacia uno de los hallazgos científicos más importantes de la historia, en el CERN se han ido desarrollando nuevas tecnologías que se están ya aplicando en numerosos campos, desde la instrumentación médica hasta las placas solares, sin olvidar el diseño de algo ahora tan familiar como el World Wide Web, las famosas tres uves dobles de las publicaciones en Internet.
Y en estos tiempos en que Europa no parece capaz de superar la crisis causada por sus banqueros, sus científicos han demostrado las posibilidades de un proyecto coordinado, con la aportación económica de veinte países europeos y el trabajo de hasta diez mil físicos de todo el mundo. En el primer caso, la crisis, el resultado catastrófico de la feroz competencia. En el segundo, el éxito de un esfuerzo en común. Como para recuperar la confianza en el espíritu cooperador, si no fuera porque abunda mucho más lo primero que lo segundo.
Frivolizado por su bautizo como “la partícula de Dios” (o “partícula dios”, que sería una traducción del original más exacta y matizada), a partir de un libro divulgativo del físico Leon Lederman (premio Nobel en 1988), el bosón de Higgs fue una hipótesis lanzada hace casi cincuenta años para explicar por qué tienen masa las partículas elementales. Se trata de una fugaz partícula de 125,3 gigaelectronvoltios (GeV) que vive una fracción de trillonésima de segundo, apenas una vibración del llamado vacío, que estrictamente no está vacío: contiene una especie de campo gravitacional, también llamado de Higgs, donde la interacción de esos bosones prácticamente imperceptibles con otras partículas, no mucho más perceptibles, puede estar en el origen de la gran expansión del universo.
Según una apreciación generalizada, el experimento efectuado en el gran acelerador de hadrones LHC ha sido como una reconstrucción de la fracción de segundo inmediatamente posterior al Big Bang, y en principio confirma la hipótesis de Peter Higgs, que, a sus 83 años, recibió el homenaje a su intuición en la presentación del hallazgo. A partir de este logro, como han advertido los propios portavoces de los científicos del CERN, estamos ante el punto de partida de una nueva línea de investigación del universo, del que sólo conocemos el 4 por ciento que supone la materia corriente y “visible”.
Es la dinámica de la ciencia: cada paso adelante abre nuevas rutas, en un proceso sujeto siempre a posible revisión crítica. Por supuesto, no está libre de los condicionamientos que a cualquier actividad humana imponen los conflictos de intereses y de poder (especialmente dramática es su derivación a la elaboración de máquinas de matar), pero, entre las opciones con las que el ser humano trata de explicar su existencia, es la que aporta más lucidez y conocimiento. La ciencia ha contribuido decisivamente, a lo largo de la historia, a mejorar las condiciones de vida del hombre y ha sabido, a la vez, medir los efectos más negativos de sus actuaciones sobre la naturaleza.
Sin llegar a la euforia que producen los triunfos deportivos, el descubrimiento del bosón de Higgs ha servido para que la ciencia, por una vez, ocupe las cabeceras de los informativos. Si se consiguiese que los medios de comunicación le prestasen al menos la mitad del interés que despiertan tantas frivolidades como se muestran en esos medios, es posible que se llegasen a corregir algunos de los excesos que provocan desequilibrios en el mundo, incluidos los de los propios científicos.

















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