Agotado el encanto negociador de la UE
Estábamos acostumbrados a los juegos de salón con que iban sacando adelante los asuntos comunes en las distintas instancias de la Unión Europea, desde los contactos bilaterales hasta las cumbres de jefes de Estado y de gobierno, pasando por los diversos consejos de ministros y desembocando en la más o menos ejecutiva Comisión Europea, mientras, al fondo, el Parlamento Europeo intentaba (¿sigue intentando?) aportar el contrapunto democrático testimonial al puzle elaborado por tecnócratas que trataban de encajar los diferentes y a veces contradictorios intereses nacionales o estatales.
En los momentos de prosperidad, hasta resultaban elegantes esos juegos de negociaciones compulsivas, que a veces llegaban a soluciones muy parecidas a la cuadratura del círculo. Parecía que ningún problema, por intrincado que fuese, se resistía al mecanismo negociador comunitario.
Pero la crisis ha venido a hacer trizas la sutileza negociadora en el seno de la Unión Europea. Y no es que se haya dejado de hablar y negociar, tanto de forma bilateral como en grupos o en plenarios, pero ha dejado de tener efecto. En los buenos tiempos, a trancas y barrancas o dando rodeos insólitos, siempre se terminaba avanzando. Ahora, por más que se habla y se esbozan soluciones, la sensación es que más bien se retrocede y, si algunos avanzan, es hacia el abismo. Apenas se toman decisiones y las que en algún momento se acuerdan terminan bloqueadas por los beneficiarios de lo único que sigue funcionando: la inercia de los mercados, de la que se están beneficiando los sectores financieros de las economías más fuertes (y que, si se sigue con la inercia, en algún momento terminarán también afectadas por la asfixia de las economías más débiles).
La ilustración más reciente de esta sensación de estancamiento la constituye la actuación del presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, en los últimos días. El jueves 26 de julio, hizo unas declaraciones que calmaron las especulaciones de los mercados con las deudas soberanas de España e Italia y animaron las bolsas de todo el mundo. En realidad, sólo aludió a que el BCE iba a hacer lo necesario para defender el euro, pero casi todo el mundo interpretó que acudiría inmediatamente a comprar, de forma directa o indirecta, deuda de los dos países acosados.
Una semana después, el jueves 2 de agosto, no sólo sigue sin aclarar qué medidas va a adoptar, sino que advierte que, en todo caso, no actuará de oficio, sino a petición de parte, algo que casi todo el mundo interpreta que va a ser una variante de los temidos rescates, es decir, imposición de medidas de ajuste/recorte e intervención más o menos visible.
Naturalmente, el presidente del Gobierno español reaccionó, en principio, negando cualquier petición de rescate total o parcial (ya se sabe que sólo abre “líneas de crédito en condiciones muy favorables”), aunque al día siguiente matizó que el Gobierno todavía no ha tomado ninguna decisión, que espera a conocer el detalle de las medidas de Draghi y que, al final, hará lo que convenga al interés general de los españoles. Teniendo en cuenta lo que ha venido sucediendo en los últimos siete meses, cada vez que algún miembro del gobierno negaba que se fuese a tomar determinada medida, lo más probable es que se termine solicitando la “línea de crédito”.
El problema es que, como ha reconocido la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, en España ya se han anticipado los recortes y las reformas habituales, como si hubiese habido rescate general. Si sigue la inercia de exigencias ante un nuevo rescate, habrá que fijarse en otra afirmación de Rajoy del viernes, la de que, con los datos que maneja en estos momentos, no tiene intención de bajar las pensiones. Cuidado con las negaciones de este gobierno.
@jagacinho

















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