Ave, Fénix

Numen ante la cámara
Carlos María Ruiz de la Rosa

Lo que pudo haber sido y lo que ha sido

miran a un solo fin, siempre presente.

T. S. Eliot 

Esos versos de la cita (en su inglés original, What might have been and what has been / Point to one end, which is always present, así traducidos por Esteban Pujals Gesalí) los escribió Eliot a finales de 1935, para la que sería, con los años, primera parte de Four Quartets, Cuatro Cuartetos, su gran poema de superación de la poesía moderna: la modern poetry, en su idioma. En otro idioma, el nuestro, también europeo y americano, en los mismo años (1935-1942), Juan Ramón Jiménez hacía ya décadas que había superado el modernismo, pero, de un modo prácticamente simultáneo al de Eliot, avanzaba hacia un poema trascendental, Espacio, que nada más aparecer completo suscitó comparaciones con Four Quartets en cuanto al fluir de conciencia que ambos reflejaban.

Qué curioso: mientras Eliot comparece como poeta norteamericano después naturalizado británico, esto es, como americano primero y después europeo –en recorrido inverso al histórico de su Lengua-, Juan Ramón comparece como español ido a América (a finales de agosto de 1936 y para ya no regresar jamás), y así, en recorrido análogo al de su Lengua, la nuestra, como europeo primero y americano después. También es asimétrico entre ellos el modo en que alcanzan propia superación con Four Quartets y Espacio: el anglosajón desde ideas bastante próximas al autoritarismo totalitario y el Andaluz Universal desde un aterrorizado rechazo del autoritarismo totalitario. Ambos poemas se parecen en su pregunta por la eternidad: en su condición de profundamente espirituales. Con toda seguridad, si no es que ambos hombres se parecen, ambos desembocan, como ríos de búsqueda, en mismo océano. Ya hablaremos de ese océano y de más continentes. 

La cita de Eliot me ha venido al corazón al recordar, para este saludo a Diario Fénix, los varios años en que habité un sueño, un sueño de periodistas, en nuestro idioma, en tierras americanas: las que integran lo que Radio Caracol llama área metropolitana de Miami, en Florida, o La Florida, como sigue diciendo Latinoamérica. Y el recuerdo de estas tierras me ha traído a Juan Ramón: Esto era en las marismas de La Florida llana, la tierra del espacio con la hora del tiempo, dice Espacio.  A esa zona, el condado de Dade, pertenece el municipio de Coral Gables –donde viven el moguereño y su mujer, Zenobia Camprubí, desde 1939-, amplias calles de claridad total (o gaditana o de Huelva o almeriense) con palmeras y pinos como goznes de puertas mágicas entre espacios y tiempos. Por aquellas avenidas paseé para visualizar los paseos que por ellas se daba Juan Ramón Jiménez. En aquel sur de Florida celebré nuestro idioma con usuarios de procedencias tan lejanas como la mía, si no más. Viví la alegría de no ser del lado idiomático que miraba al hispanohablante desde un presunto arriba  de integración sin pobreza. Viví la alegría y la seguridad de ser dueño de más idioma y libre de servidumbre traductora de prismas informativos anglófonos. Propalé aquella libertad: con un grupo de periodistas, es decir, con un grupo de soñadores, sentí dar, como el doctor Francisco de Laprida del Poema conjetural de Borges, con mi destino de sur, transformador, final.

Cierto que después amor y dados conjugaron el verbo mar con clave insoslayable de regreso, deshicieron inflamaciones, me devolvieron, con suavidad, a las arenas de la playa de este lado, el europeo, es decir, el andaluz. Pero me traje de América lo que hasta allí llevé: un oír el hablar de los árboles como el de Romances de Coral Gables, de Juan Ramón. Y una certeza (si quieren, una fe) con cuya expresión no voy a competir: lo que pudo haber sido y lo que ha sido miran a un solo fin, siempre presente.        

Comentarios

Hermoso(s) viaje de ida y vuelta, de realidades que Ud., querido Carlos, ha revivido. Desconocía el perfil ideológico que aquí traza de T. S. Elliot, pero lo anoto. Y sobre todo, además de reencontrarle por aquí, me ha hecho viajar fugazmente a las avenidas de Coral Gables, a las casas con jardín y porche delanteros, por supuesto al agitar y repiquetear de las palmeras, y a los amarillosanaranjadosrojizos atardeceres de, efectivamente, esa parte de La Florida. Con el toque de turquesa del mar que aún endulza más la instantánea.

Gracias por comprarme este billete.

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