Citius Altius Fortius
Escribo estas líneas mientras se celebra la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Londres. La verdad es que mi intención era la de contarles las excelencias de la representación española; de nuestras posibilidades y de la importancia nunca bien ponderada por los medios de comunicación y difícilmente aceptada por los aficionados de que el éxito o el fracaso en el deporte no debería medirse tanto por el número de medallas cosechadas como por la cantidad de atletas que presentamos en condiciones de luchar por ellas. Pero en una sociedad donde el esfuerzo es un valor añadido y únicamente hay sitio para los que logran la victoria, donde casi no hay razones que justifiquen un mal día o una adversidad inesperada sin que se entienda como excusa o coartada; al final, un frío número que recoja cuantas medallas se lograron, determinará el estado de salud de nuestro deporte sin atender a otros diagnósticos de mayor calado. Pero tiempo habrá para recrearnos en la competición, según se vayan recopilando testimonios, porque hoy sobre lo que quiero llamar la atención es la Ceremonia de Inauguración de los JJOO.
Reconozco que hay pocas cosas que me parezcan más hermosas; mi experiencia me ha permitido estar presente en 6 de ellas y muy pocos espectáculos acumulan tanta carga emotiva; miles de atletas, millones de espectadores, luces, música, colorido y sobre todo un sentimiento, un ambiente de solidaridad, de unión de razas y pueblos sin importar color o condición, se dan cita en un marco incomparable y a través del vehículo más importante creado por el hombre: el deporte.
Por unas horas se olvidan los sentimientos más primarios del ser humano, aquellos que nos llevan a odiar, atacar y hasta matar a nuestros semejantes, para sentirlos como parte nuestra y considerarlos hermanos. Y es que los JJOO están repletos de acordes épicos, hay una profunda relación entre la leyenda y la realidad que se refleja en la Ceremonia de Inauguración, la Ceremonia de la unión de los pueblos.
Este es el motivo que me ha llevado a no desperdiciar la oportunidad de contarlo; de gritarlo bien alto ¡¡¡ Cuando el hombre quiere, puede!!! Qué pena que tengamos que esperar otros cuatro años.

















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