El fuego como síntoma

Bruto pero noble (Sutilezas desnudas)
Agustín Madariaga

Vuelve uno de las vacaciones y parece que no se ha ido. El primer día de regreso al estudio de la actualidad le borra a uno la sonrisa de unos días de descanso. Si sirve de consuelo, la depresión post-vacacional se reduce. Ahora hay casi un suspiro de alivio por tener un puesto de trabajo al que volver.

Leo que Obama llamó a Rajoy para leerle la cartilla. Pero a Merkel no le llamó Rajoy, ni Monti, ni Samaras. La escena sería muy parecida a una genial de “El apartamento”.

Buddy (Jack Lemmon) llama a su jefe (Fred MacMurray) para decirle que Kubelick (Shirley Mac Laine) se ha intentado suicidar en su casa. Es día de Navidad y el jefe dice a su mujer: “Es de la oficina, no sé para qué me molestan con estas cosas en días como hoy”. En la mentira está la mayor verdad de la película. La paradoja dramática de un gran guión. En los políticos, malos guionistas, esto no ocurre. Es al revés. Mienten hasta cuando dicen la verdad, porque nunca la dicen completa.

Pero seguro que Merkel habría dicho: “No sé para qué me molestan con estas tonterías”, si alguien del sur le pide socorro durante sus vacaciones.

Durante el verano, los incendios forestales han vuelto a unir en las noticias a España, Grecia, Portugal e Italia. 140 mil hectáreas en España, más de cien mil en Grecia, un centenar de fuegos en Italia, incendios devastadores en Portugal.

No es casualidad. Porque a todos estos países se les han pedido recortes brutales en el gasto público y nuestros gobernantes tienen sus prioridades: salvar a los bancos y contentar a los mercados. Los bosques no están entre ellas. En España se ha reducido el gasto en prevención de incendios a la mitad. Y se han quemado tres veces más hectáreas que en 2011.

Pero el fuego ha arrasado mucho más que cientos de miles de hectáreas de vida, de hogares de especies protegidas. En primer lugar –lo más grave- ha costado vidas humanas. Pero también ha dejado sin forma de vida a miles de personas, que como en La Gomera o en León vivían de su bosque o de su paisaje.

Se muestra aquí en toda su crudeza cómo esa falsa dicotomía entre Medio Ambiente y Desarrollo nos lleva al abismo. Vivimos en un lugar y hay que protegerlo. Lo demás es pan para hoy y hambre para mañana.

Este caso es todavía más grave porque se han ahorrado jornales de peones agrícolas en invierno y de medios contra incendios en verano a costa de devastar zonas geográficas enteras, de dejar sin su sustento a miles de personas y de destruir el medio durante décadas.

Los recortes nos llevan al precipicio en todos los sentidos. Dejan completamente expuestos a la miseria a los más desfavorecidos, pero además ocultan debates importantes.

La preservación del medio ambiente parece pasar a un segundo plano porque se promete una supuesta prosperidad en la destrucción del ecosistema para dar puestos de trabajo. Valdevaqueros o el petróleo de Canarias son sólo dos ejemplos. Pero es una falsedad. Destruir nuestro medio natural nos deja sin los medios de subsistencia que muchas comunidades han tenido durante siglos, provoca problemas económicos y medioambientales irresolubles (calentamiento global, cambio climático, incendios, erosión del suelo, etc.).

No es una dicotomía. Es una nueva vuelta de tuerca, un ejemplo más de  la impune depredación que nos gobierna.

Afirman que todo se debe a la sequía y el calor. Como afirman que son los mercados o la situación económica. Pero no nos engañemos, las cosas no suceden al pairo del viento de la casualidad. Hay causalidad. Si desmantelas los servicios públicos no hay más que rentabilidad a corto plazo. El que se hace millonario hoy tiene pocos escrúpulos a la hora de analizar el futuro de la comunidad que deja desolada. Somos nosotros los que debemos luchar por nuestro futuro. Nadie lo regala.

 

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