El mártir
Un hombre de treinta años, musulmán, ha muerto destrozado en Siria. Estaba casado con una mujer de veinticuatro, con la que tenía dos hijos, uno de cinco años y el otro de tres. El hombre, cuyo nombre ya no importa, se metió en un camión lleno de bombas y lo hizo estallar en un lugar estratégico, causando más muertes aparte de la suya.
La vida de este hombre quedó prendida en ninguna parte, quizás en el recuerdo de sus seres más queridos, puede que sus retratos adornen el aparador de sus padres y su viuda, que tratará de explicar a sus hijos algo que nadie entiende: “Papá se marchó muy lejos, para matar a los enemigos de nuestra religión, y se hizo estallar en mil pedazos. Papá es un héroe, un mártir, y ha ido al cielo, vivirá en el Paraíso, y será cuidado por vírgenes doncellas”.
A partir de esa explicación tan llena de interrogantes y olores de cementerio, puede que los niños dejen de preguntar por ese papá que tanto les sonreía y tanto decía quererles.
Puede que la joven viuda se cosa los labios para no gritar más por dentro y busque trozos de su roto corazón en la sonrisa de papel que le dejó el marido muerto. Puede que no pregunte más a las estrellas, porque siempre le llueven las respuestas como cristales rotos sobre su cara.
Nadie puede agarrar de la cintura una ola de mar y quizás nadie entienda lo que esconde la mirada de un hombre que sonríe y luego mata. La muerte no tiene sonrisas; la muerte cierra murallas y coloca cerrojos ardiendo a la noche.
A esos hijos no les expliques que papá fue un mártir y su espíritu vagará como un águila dominando poderoso al viento, y sus dedos acariciarán cada ladrillo de la santa ciudad de los justos. Porque esos niños no lo entenderán. Ellos no querían un superhombre capaz de atravesar océanos, héroe vencedor de un mal que va contra corriente. Esos niños sólo querían el beso de papá cada noche, una sonrisa de luna llena que una palabra cargada de odio hizo saltar en mil pedazos.
Foto: Carmen Vela

















Comentarios
Una verdad como un templo de grande, sin cariño, sin beso, y sin abrazos, en esos años tan importantes, no hay madurez, y se va dando tumbos.Por eso les recomiendo a mis hijos que cuando tengan novias o novios, vean en las casas de estos abrazos, besos, y cariño, pese a la edad, con sus padres, y aún así no está asegurada la relación, pero por lo menos, si que sus hijos crezcan debidamente y con cariño, y no sufran por ser utilizados de arma arrojadiza, para no dejarles hablar con el otro.
Al final son los pobres niños los que pagan el pato, de la infancia dolorosa y maltrecha de sus padres.
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