En el lugar del excremento
The place of excrement.
W. B. Yeats
Me propuse ahondar, durante el fin de semana, en el para qué de la Poesía, pero me hallé delante de la entrevista al magnífico presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, que, concedida a varios medios europeos, publicaba El País en nuestro amado idioma. Y por un prurito, inveterado en mí, de comprender, la leí un par de veces y despacio. Avancé muy poco en mi angina de angustia.
Pienso que lo más importante de las palabras de Draghi, al menos para el español que aquí firma, era su España fue avisada en varias ocasiones de la desviación entre su déficit por cuenta corriente y el crecimiento excesivo del crédito. Esto último, lo del crecimiento excesivo del crédito, casi se entiende solo; lo otro, lo del déficit por cuenta corriente, no era demasiado difícil de averiguar: déficit exterior o de la balanza comercial, menos exportación que importación, más gasto que ingreso en las transacciones comerciales del país con el resto del planeta, poca o floja competitividad. Algo más compleja me sonaba la yuxtaposición conectada de ambos conceptos, pero bueno.
Comprendí –creo- que el recto, ecuánime, justo, inteligente y sobre todo independiente Draghi nos decía: Avisamos a España reiteradamente de que perdía pasta en las transacciones comerciales con el mundo y al mismo tiempo la arriesgaba demasiado en excesiva concesión de préstamos a los sedientos (de casa, coche, afición a la nieve y a la pesca y a la tenencia de piscina particular, todo a la vez). Está bien –me dije-: lo hicimos todo mal.
Pero he aquí que en el arranque de mi trabajo, lunes por la mañana, me encuentro que el semanario más antiguo del mundo, el británico The Observer, hermano del socialdemócrata The Guardian, ha publicado un estudio encargado por el grupo Tax Justice Network –alfo así como Red de Justicia Impositiva-, según el cual, entre las 100.000 y 200.000 personas más ricas del mundo, esto es, entre el 0’01 y el 0’02 por ciento de la humanidad, esconden de sus fiscos respectivos, de sus respectivos ministerios de Hacienda, en paraísos fiscales como Suiza e Islas Caimán, y ayudados en su ocultación por principalísimos bancos del mundo, entre 13 y 21 Billones del libras esterlinas, o sea, entre 17 y 26 Billones de euros, que, en fiscalidad europea promedio, significarían hasta 230.000 millones de euros de recaudación.
Recuérdese que el rescate bancario español es por ahora de 30.000 millones, casi 8 veces menos que lo señalado.
No salgo de mi estupefacción, perdonen ingenuidad.
Si esto es verdad, don Mario, todo es mentira –me he dicho-. Dice The Obsever que 13 billones de libras esterlinas son el PIB anual de Japón y Estados Unidos juntos. Si semejante bolsa delincuencial es cierta, poca cosa resulta la desmesurada afición simultánea a pesca, nieve, playa y todoterrenos de tanto infeliz anónimo como hace cola en las sucursales. Si el dato de la pasta oculta de los más ricos del mundo es cierta, son mentira la ONU, las constituciones, los derechos y la inacabable ristra de adecuadas afirmaciones técnicas que profieren, perfumados y trajeados, los Draghi, Rajoy, Rubalcaba, Merkel, Obama y etcétera.
Y esto sin entrar en los ausentes impuestos a transacciones financieras y a grandes fortunas.
Al fin una pizca de luz: si el amor, lo sublime, nos lleva a la boca, como a Yeats, el lugar del excremento, ¿qué lugar mejor iba a referir de modo implícito el ánimo intelectual que, con tanto traje, postura y perfume, exhibe la proyección pública de quienes subimos a hombros con nuestros votos?
Marrón todo. Sí, con matices. Y perdonen. Pero marrón todo. No digan que yo lo he dicho.

















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