"Eran más presos de la moda que de la cárcel"
Desde el primer día que bajé al área común, me llamó la atención la disparidad de zapatillas que la gente vestía. Se ve que la voz que corría por los mentideros del hampa y la delincuencia era real: para ser considerado uno de ellos, debes de tener unos zapatos en condiciones.
Sólo nombrando la marca de tus zapatos, la gente tiene que empezar a sentir miedo, si no respeto. Así, y si te fijabas un poco en el área, te encontrabas a personas que calzaban Prada, Adidas, Nike, Boomerang, Calvin Klein, Diesel, Reebok, D&C, Caterpillar…
Tuve claro, entonces, que los publicitarios de marcas de zapatos deberían de centrarse en ese ambiente, medio marginal medio secreto. Estaba claro que si alguno tenía dinero negro, dinero conseguido de forma ilícita, con robos a punta de navaja o a punta de cuello de camisa blanco, parte de ese dinero se iba a emplear en comprar un buen calzado.

Lo mejor fue cuando descubrí que usan esas marcas porque son tontos. Quiero decir, tontos de remate. En la cárcel, a pesar de lo que puede parecer desde fuera, marca mucho tu aspecto. Si no te adecúas a las modas puedes ser considerado un atrasado más que un innovador vanguardista. Así, comprobé que en esta temporada verano-otoño se han llevado las zapatillas de marca, los chándals de equipos de fútbol (del que sea menos de la Lazio), las camisetas de colorines y estampados varios. No pueden faltar los complementos: un rosario al cuello y una o dos pulseras fabricadas en cárcel, con el nombre de alguna persona querida. Algunos llevaban también un rosario alrededor de la muñeca, a modo de pulsera. Pero esos eran los que iban todos los domingos a misa, así que lo tenían permitido por las duras leyes de la moda. Llegué a la conclusión de que la mayoría de los detenidos eran más presos de las exigencias modales que de la propia cárcel. Un concepto extraño que tendré que desarrollar con más tranquilidad otro día…
Lo más curioso era ver cómo las personas que mejor vestían, eran los que no tenían ni una lira para hacer la compra y sólo comían la mierd… comida que se preparaba en las cocinas de la cárcel, como la “pasta a la rumana”, más útil para pegar carteles que para alimentar a una persona. Yo sigo pensando que cuando decían que se comía conejo, era gato. Y apostaría la mitad de mi mano izquierda. Cuando uno tiene amigos que trabajan en la cocina y hacen esas bromas… es como el río que suena porque agua lleva.
Decía que las personas que más aparentaban, eran las que menos tenían. Así sorprendí más de una vez a algún detenido, vestido de arriba debajo de Nike, hablando con su familia por teléfono y llorando para que le metieran 10 euros en la cuenta para comprar tabaco o cualquier tontería del estilo. Como en el mundo que hay fuera de la cárcel, las personas que más quieren aparentar, son las más piltrafillas.
Y aún hoy, cuando releo lo que he escrito y lo que pensaba aquellos días, he de decir que sería más apropiado cambiar la calificación de tontos de remate por la de stronzo.





















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