Es el último verano del planeta

Paisaje Sonoro
Pablo Padilla

Es el último verano del planeta. Al menos eso dicen a todo parlante por las radios. Sospecho que mis hermanos mayas no tienen nada que ver con el asunto. Es sólo estrategia y táctica mercantil, con el noble fin de vender cervezas, libros y calzones.

Es el último verano en mi país. Estoy en el lado Norte del Lado Sur. Tierras hermosas y feroces. Pintarrajeadas del sol más poderoso, reciben el descanso de nosotros, que llegamos a Tongoy trabajados y cansados.

Uno quiere oír el viento y el oleaje y el llamado de playeros, cormoranes y gaviotas. Pero el trámite es difícil: la parafernalia del team playero de una marca de teléfonos empapela el paisaje todo, con sus consignas en clave de ritmo tropical.

En fin. La playa es amplia y suficiente. Caminas unos minutos hacia el Este y la bulla se pierde entre las ventoleras. Desde el centro del enorme semicírculo de arena, la distancia ofrece el panorama del paraje. Ni la mitad de los turistas se imaginan el origen de estas calles polvorosas, trazadas hace muchas décadas con sudor y dinamita. Columnas de gentes que, bajando desde las montañas de Los Andes, se buscaban un lugar para el descanso; para encandilarse con el brillo del Pacífico y ya no con los metales de la cordillera. Viejas estatuas de bajo presupuesto en sus calles resecas nos recuerdan el ceño fruncido de sus próceres fundadores. La historia es así: se cubre poco a poco con tierra y óxido costero, mientras nosotros, viajeros de ocasión, gozamos de esta ingenua eternidad.

Tongoy es vigilada desde el aire por helicópteros navales de impecable vuelo. Y desde el mar por impecables patrulleras con nombre de guerrero mapuche. Es la misma armada que vence en las guerras de lo civil. La que sabe arrojar cuerpos hacia lo profundo, cuerpos que nunca más serán hallados. La misma institución por ahora guarda sus apariencias, y le advierte a los veraneantes acerca de los riesgos de nadar borracho. Así es la historia: se cubre de buenas intenciones, música bailable y regalos publicitarios.

Tongoy sigue en lo suyo, y está bien, porque la vida esta no fue hecha de batallas y masacres: apenas el goteo del día a día es suficiente para poner en marcha el ritmo de los cielos. Es hoy, y nos comeremos una reineta recién sacada de las aguas, camarones oportunos y machas a la parmesana. Y me sentaré a escribir estas líneas, incitado por un buen amigo, que me insiste en que hay que seguir creyendo en esto mismo: la palabra.

Tongoy, enero de 2012.

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