Garzon y la rebelion de los indigenas del Cauca

Los mundos de Hachero
José Luis Hachero

Doscientos años después de que los diputados doceañistas lanzaran aquellas alharacas constitucionalistas, millones de vecinos de toda América siguen siendo ciudadanos de segunda. Me refiero a los originales habitantes del continente, los indios, los nativos, los aborígenes. Los indígenas. Cada día son menos, charcos de sangre pura invadidos por un océano de mestizos y blancos y negros que los han arrinconado en sus propios hogares. Ahora son los indígenas colombianos del Cauca los que gritan basta. Y con razón. La región del Cauca tiene todo lo que un foráneo piensa de Colombia: enormes extensiones de selva, tribus de indios aislados, pueblos con indios adaptados, campamentos de las FARC escondidos en la floresta, escuadrones de la muerte, grandes plantaciones de hoja de coca y de marihuana, mafias sanguinarias que asesinan sin piedad, narcos sin escrúpulos, paramilitares que hacen el trabajo sucio del ejército, soldados enloquecidos por las luchas en la jungla. Y con ellos, pobreza extrema, exclusión y un surtido catálogo de crímenes de todo tipo.

 Por eso la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca ha pedido amablemente a todos que abandonen la región. Y cuando dicen a todos, dicen eso: a todos. Fuera guerrilleros, fuera militares, fuera paramilitares y mafiosos y delincuentes. A partir de ahora, dicen, gobernarán ellos con su 'guardia indígena', una pintoresca fuerza militar armada con palos y miradas torvas. Hace ahora cuatro años, el 12 de octubre de 2008, 45.000 de ellos tomaron la ciudad de Bogotá, una multitud colorida de indígenas provenientes de todo el país que reclamaban justicia histórica. Nadie les hizo caso. Ahora, y después de manifestaciones repetidas, se lo han dicho al mismísimo presidente del país, Juan Antonio Santos: váyase de nuestras tierras. Los indígenas han acudido para defender sus intereses incluso al antiguo juez Baltasar Garzón, que acaba de abrir bufete y que tendrá una de esas misiones imposibles que le gustan tanto: desmilitarizar la región más militarizada de Colombia.

 Les dejo tres ejemplos. El 27 de marzo de 2001 cientos de paramilitares armados entraron en El Naya, al norte del Cauca, y dejaron a su paso un reguero de cincuenta campesinos indígenas muertos y a cinco mil más huyendo despavoridos. A principios de 2009 hombres de las FARC ejecutaron a sangre fría y a cuchillo, para no alertar con los disparos, a ocho indígenas awá en su propia reserva. Para terminar con el despropósito, el grupo Los Rastrojos, narcotraficantes muy violentos que actúan por la región, asesinaron a doce indígenas del pueblo Senú en el bajo Cauca a mediados de 2011. Son ejemplos aislados porque el goteo de muertes es tan largo como indignante.

Por todo esto, que no es más que un ejemplo de que han terminado siendo la diana preferida de los grupos armados colombianos, los indígenas del Cauca se han alzado en armas. Dicen que tienen 13.000 soldados, 'la guardia indígena', ya se les ha visto increpar a guerrilleros de las FARC, les han fotografiado tapando trincheras del ejército, buscando los campamentos de los narcos en la espesura de la selva. El desafío para el gobierno colombiano es mayúsculo porque los indígenas no van a parar: dicen que sólo tiene que perder la vida y que de ésta pocos les queda porque los matan hagan lo que hagan. Y cuando escuchan hablar de la Constitución de 1812 que cambió el destino de la hermandad de pueblos iberoamericanos fruncen el ceño y se preguntan: ¿qué es eso?

 

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