Los reos no votan
‘Los reos no votan’, dijo a Efe Ramón Custodio, el comisionado de los Derechos Humanos en Honduras horas después de que el fuego consumiera la vida de 358 presos de la Granja Penal de Comayaguas. Y tiene razón el hombre porque cuando llegan las elecciones los reclusos cuentan tan poco que ningún aspirante se acerca a sermonearles con sus proyectos de nación. Pero tampoco parece que cuenten mucho en la mayor democracia en castellano porque el domingo una multitudinaria riña en el penal Apodaca, a las afueras de la capital de Nuevo León, Monterrey, dejó otros 38 cadáveres, una cifra macabra a la que hay que sumar otros 31 presos muertos a cuchilladas y golpetazos en la ciudad de Altamira, a orillas del Caribe mexicano en el pasado mes de enero. Mientras leo esta cadena de tragedias, 17 presos muy peligrosos se fugan del penal de Challapalca, en la ciudad de Puno, al sur del Perú y recuerdo entonces otro drama que tuvo lugar en este país a finales de los ochenta, cuando 250 reclusos murieron en un motín coordinado de Sendero Luminoso.
Algo muy grave ocurre en las prisiones latinoamericanas para que las tragedias se superpongan y formen parte asidua de las páginas de sucesos. Es la propia ONU la que alerta de la superpoblación que sufren estas cárceles. Rupert Colville avisa desde Suiza: ‘de media, las prisiones latinas albergan un treinta por ciento más de prisioneros de lo que deberían, pero en muchos casos se alcanza el cien por cien’. Las tragedias carcelarias forman parte ya de la historia del continente: en 1992 un motín en Sao Paulo, Brasil, dejó 111 reclusos muertos y una película de culto, ‘Carandiru’; en 1994 un incendio en Sabaneta, Maracaibo, trastocó el sistema penitenciario venezolano al causar 120 víctimas; en 2004 Honduras sintió lo que sienten hoy cuando otro incendio en San Pedro de Sula acabó con la vida de 107 pandilleros de una mara; en 2005 les tocó a los dominicanos levantarse con la muerte de 135 presos en Higuey tras otra multitudinaria pelea...
En cierta ocasión dos amigos cercanos terminaron en la Modelo de Bogotá, en Colombia, por un crimen que no habían cometido. Las investigaciones demostraron que eran inocentes cuando llevaban dos semanas entre rejas: lo suficiente, me comentaban, para elaborar un confuso plan de suicidio: no podían soportar el pensar que les dejaran allí durante años. El novato, sin derecho a celda, sin derecho a catre, sin derecho a espacio seco, es arrojado a los lavabos, donde dormirá entre charcos y detritus. El novato, sin derecho a un hueco, sin derecho al aire y sin derecho a la vida, deberá pagar una renta a los presos más antiguos. El novato, además, observará atento cómo en las celdas de los presos más privilegiados entran señoritas de muy buen ver, se maneja armamento largo, circulan grandes bolsas con cocaína y marihuana y los capos ven películas en grandes pantallas de alta definición. En algunas prisiones los guardias sólo custodian el perímetro pero jamás entran en su interior. Alguien me comentó que su intento de fuga colapsó cuando el túnel que excavaba tropezó con una fosa común de reclusos desaparecidos...
No hay, pues, que morir en pecado para conocer el infierno: basta con visitar una de esas prisiones latinas donde se hacina una masa de infrahumanos sin más derechos que a morir acuchillados o en masivas piras funerarias.




















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