María y las mordeduras del tigre
María tiene sesenta y nueve años y siente cómo un tigre de Bengala le roe las entrañas cada día y cada noche. María vive sola en un piso de una ciudad dormitorio de Madrid. Del marido ni se acuerda. De sus hijos, todos los días. María cuenta las horas y a veces los minutos; un día quiso contar estrellas pero techaron su casa.
Cuando llega la ambulancia para las sesiones de quimio, un borbotón de sensaciones le asaltan; su rutina se rompe, eso es bueno; el pelo se le cae a manojos con ese veneno bueno que mata células malas, hasta el aire se hace nauseabundo, eso es malo; hoy podrá hablar con gente, sobre todo con su tocaya María, que es ecuatoriana y tiene ojos de ángel amazónico, eso es lo más bueno, lo mejor de todo. Un golpe defensivo sobre esa soledad que la destripa como un mazo contra un hatillo de uvas.
María nació en Puente Genil pero lleva en Madrid tres cuartas partes de vida. Vino a la capital con su novio de siempre, un electricista con manos de pianista y un buen puesto en un ministerio; se casaron y tuvieron dos hijos. El mayor no quiso estudiar y se abalanzó a la vida como el que se lanza a una piscina de bolas, lo malo fue que la piscina estaba vacía y el zagalón, Enrique, se estrelló. Le dijeron que fue sobredosis. 20 años consumidos por llamaradas de infierno. El marido rompió en alcohol. El hijo menor, Antonio, le dio un beso a María y le deseó toda la suerte del mundo. De año en año le escribe una postal desde alguna parte del mundo. Sólo le dice: “Yo estoy bien, mamá. Cuídate mucho. Te quiero”.
Una nochevieja de hace mucho, el marido se quedó sin tabaco y bajó a comprarlo. Jamás regresó.
María siempre tuvo un humor fantástico, como su abuela la sorda, y cuenta unos chascarrillos para partirse. Las enfermeras se parten de risa: “¿Por qué en mi pueblo tiran a los niños a un pozo? Porque en el fondo son buenos”. Otro: “Va un borracho en moto y choca con una señal de tráfico, llega el policía y le pregunta: señor, ¿acaso no vio la flecha? Y el borracho respondió: ni al indio que me la tiró”.
Los médicos sólo le dicen que la enfermedad, cáncer de intestinos, va mejor, pero ella sabe que mienten. Porque el tigre cada día está más furioso y le muerde con ganas. María contrae el rostro y lo acerca a sus rodillas. Su tocaya de Ecuador hace días que no viene, y si tuviera teléfono la llamaría. Ahora espera a unas monjitas, muy simpáticas, que le hablan de Dios y le limpian la casa. María le llama al tigre Adulfo. La última noche retó al Adulfo a una dentellada más grande.
--Jodío, ¡termina de comerte las tripas!
María no pone la tele. Se aburre, dice. Quizás se hubiera enterado de los recortes y del paradero de su tocaya.
Foto: Carmen Vela

















Comentarios
Enviar un comentario nuevo