Mujeres violadas por batallones enteros en Guatemala

MUJERES (CON CORAJE) EN EL MUNDO: MERCEDES HERNÁNDEZ
España

Mercedes Hernández, 34 años, preside la Asociación de Mujeres de Guatemala. Desde el 2006, junto con otras refugiadas, se dedica a denunciar y dar visibilidad a la realidad del feminicidio en Guatemala, donde más de 100.000 mujeres fueron torturadas, violadas y asesinadas como parte del genocidio maya.

Hoy en día el cuerpo de las mujeres sigue siendo utilizado en el ámbito de otra forma de guerra, que acaba cada año con la vida de más de mil guatemaltecas.

El olor a carne humana quemada viva que despertó a una niña de 4 años una noche de abril del 1982, sigue hoy en día persiguiendo a Mercedes Hernández.  Está allí, cada día, cada noche, y si no puede recordar toda la secuencia de lo que pasó aquella noche, tiene imágenes vivas, ardientes, de sus familiares torturados ante sus ojos; aún escucha los gritos de la gente, los tiroteos, el silbido de las balas que entraban dentro de casa, las consignas que se escuchaban en la calle de un pueblecito del Quiché, Sacapulas, atacado por la noche por la guerrilla y pocas horas más tarde por los militares.  Luego llegó la voz de su padre que le susurró una historia dulce para qué no sufriera, para que no llore y no llame la atención mientras estaban huyendo para esconderse, esperar que se calme la situación y al día siguiente volver para enterrar a sus muertos.

“Estoy viva por milagro”, cuenta Mercedes Hernández. “Escapé muchas veces a la muerte y hoy sigo amenazada. Nací poco antes de que empezara el período más cruel del conflicto armado en Guatemala, en una de las dos provincias donde el impacto de la guerra fue más devastador. Aquel triste día, estábamos de visita en el pueblo de los abuelos. Los guerrilleros atacaron a medianoche y por la mañana los militares dieron asalto a su turno, sin piedad. Quemaron las casas, perdimos familiares, entre ellos varios niños que fueron asesinados con unas formas de torturas muy crueles.  Vimos a nuestros tíos agonizando. Por ser sonámbula, me había cambiado de cama durante la noche. Cuando la familia salió huyendo en la confusión, no me encontraron. Mi padre regresó más tarde a buscarme. Esa fue la primera de muchas salvaciones que he tenido después.”

La familia no tuvo otra escapatoria que ir a buscarse la vida en Ciudad de Guatemala donde la violencia era menos masiva que en las provincias. Bajo el gobierno del general Ríos Montt, se implementó una estrategia llamada quitarle agua al pez. Al no poder encontrar al pez que nutría la guerrilla, le quitaban el agua, que era toda la comunidad que había alrededor.  Se contabilizaron 626 masacres de poblaciones  por esa política.

“En la capital, una comunidad de religiosas nos acogió y nos dejó una caravana donde vivimos varias semanas hasta que mi padre construyó una pequeña casa en la zona rural de la capital.  Al ser promotores del desarrollo comunitario, mis padres volvían constantemente al Quiché. Mi papa se dedicaba a llevar agua potable a las comunidades más aisladas mientras que mi mama era comadrona. Luego estudió pedagogía y enfermería antes de dirigirse hacia la citología. De allí me viene mi vocación. Aprendí mucho de ellos.  Luchaban sin tregua contra la militarización. Mi madre atendía los partos de las mujeres que habían sido violadas y yo la acompañaba. La violencia sexual durante el conflicto armado fue algo que yo vivo desde que nací. A pesar de que era tan joven, recuerdo perfectamente el dolor de esas mujeres repudiadas por su propia familia después de haber sido violadas quizá en violaciones múltiples por batallones enteros.”

Regresar al Quiché

La familia volvió a instalarse en sus tierras del Quiché cuando Mercedes tenía 10 años. Los años más violentos quedaron atrás pero el conflicto armado no había terminado.

“Los convoyes con los soldados iban y venían todo el día. Al amanecer, vi muchas veces cadáveres tirados en nuestra calle. A los 12 años, empecé a trabajar con mi padre, organizando los pequeños comités de agua potable. Estábamos informados de todo lo que pasaba, de las masacres en la montaña. Tenía muy claro el hecho de que quería trabajar no solo en el ámbito sanitario, sino también social y jurídico para ayudar a esas mujeres que tanto vi sufrir. Con mi madre fundamos el primer laboratorio de citología en todo el departamento del Quiché. Había y sigue habiendo una tasa muy alta de mujeres que mueren por cáncer cérvicouterino. Para tomar las muestras teníamos que pedir el permiso de  los líderes de la iglesia, los jefes de familia, los caciques, que consideraban que el cuerpo de las mujeres les pertenecía. Más de una vez intentaron linchar a mi madre por acercarse a ellas.”

Todo eso generó en Mercedes una toma de conciencia que la empujó a trabajar por el derecho de las mujeres a la autonomía de su cuerpo. Cuando se enteró de asesinatos de mujeres cometidos por la propia policía guatemalteca, denunció los asesinatos.  Empezaron entonces las amenazas de muerte, tirotearon su casa y tras una serie de salidas breves del país, con 26 años, buscó refugio en España.

Choque cultural

“Llegar a Madrid fue un choque”, se acuerda Mercedes. “Nadie me esperaba. He tenido que buscar un alojamiento, un trabajo. Sin embargo, lo más difícil ha sido encontrarme con el individualismo europeo, yo que siempre había sido acostumbrada al trabajo comunitario,  a tejer esos lazos de solidaridad donde los vecinos son tan importantes. Por otro lado descubrí un país donde se permitía que la gente protestara, que la sociedad civil organizada pudiera salir a la calle, algo que jamás había visto en Guatemala. “

Una docena de personas trabaja de forma voluntaria en la Asociación de Mujeres de Guatemala para mantener una campaña permanente de denuncia de la realidad que afecta a las mujeres en el país.

“Dar a conocer y reconocer la situación relativa al feminicidio es el primer paso. Las cifras de los asesinatos son cifras de guerra. Estamos ahora en situación de conflicto armado que ya no es el típico conflicto donde están dos bandos perfectamente establecidos, que se pelean uno contra otros, inclusive con la observación internacional  y con la ayuda humanitaria.  El conflicto armado que tenemos ahora en todo el corredor del narcotráfico desde Colombia hasta México, es una guerra que no se corresponde con ninguna  de las legislaciones internacionales.  Cuando se quiere colonizar un territorio, hay que colonizar el cuerpo de las mujeres. A las fuerzas económicas, les convenía arrasar con todas las poblaciones que estaban en las montañas. Es muy curioso que en aquellos  lugares donde se practicó la política de tierra arrasada, ahora están las grandes hidroeléctricas y las grandes multinacionales. Todo esto no es casual. Durante el conflicto armado en Guatemala, más de 100.000 mujeres fueron violadas. A los militares se les enseñaba a violar en los propios destacamentos militares. Era algo sistemático, planificado y por supuesto con unos efectos gravísimos sobre la población. Y la situación vuelve  a empeorar otra vez. Forma parte de la estrategia de guerra.  En un país como Guatemala, que tiene el 98% de tasa de impunidad, hay una clarísima participación del estado; es cómplice de estos asesinatos. La impunidad y el machismo componen la fórmula perfecta para que tengamos  más de mil mujeres asesinadas cada año. ”

Cruda realidad

Lo que ocurre en Guatemala no llama mucho la atención de los otros países. ¿O será que prefieren mirar por otro lado?

“El triángulo del norte de Centroamérica (Guatemala, Honduras y El Salvador) no interesa prácticamente a nadie”, insiste Mercedes. “En Guatemala, tuvimos el genocidio más grande de América latina. Sin embargo, se conocen más casos como las dictaduras de Chile y Argentina, que han acaparado toda la atención mediática internacional. Yo creo firmemente que esto tiene muchísimo que ver con el racismo. En Guatemala fueron indígenas la mayoría de las personas asesinadas; son vidas que no importaban a nadie respecto a vidas de personas ‘más blancas’. Hoy pasa lo mismo con la realidad del feminicidio. Nosotras trabajamos para que exista esta realidad.  Lo que pasa en el triángulo norte es una responsabilidad global. Los autores materiales están allí pero los autores intelectuales están fuera, empezando por esas economías de base armamentista que se benefician de que haya países donde el estado esté tan debilitado y de que las personas requieran de armas para ejercer su propia justicia y su propia seguridad. Junto a esto, la responsabilidad de la debilitación del triángulo norte incumbe a los grandes países que han expoliado sus recursos: Europa y Estados Unidos y las entidades financieras que han empobrecido a todos estos países a través de sus recursos favoritos que son los préstamos. El feminicidio no podría existir sin la complicidad de un sistema financiero que se ha dedicado a blanquear toda aquella sangre. Otro parte de la responsabilidad la tiene quien gobierna el  corredor de la droga, que se utiliza también para el tráfico y trata de mujeres y niñas. Los señores de esta nueva guerra se han apoderado de todas las instituciones, tienen unos organismos casi estatales. Tratan mujeres. ¿Y dónde se consumen estas mujeres? En gran parte del tercio rico del mundo donde viven en situación de explotación sexual o laboral.”

Mercedes Hernández dedica toda su energía para que las cosas cambien, para que las cosas se sepan. Es una mujer convencida de que hay esperanza, hay futuro. Sin embargo, el panorama no es muy optimista.

“Quiero creer que las cosas van a cambiar pero será un proceso muy largo. El feminicidio es hoy también una forma de intentar devolver a las mujeres al espacio doméstico. En Guatemala hay un movimiento heroico de mujeres muy valientes que se enfrentan cada día a la violencia. Será muy complicado encontrar la salida. El panorama político actual en Guatemala es terrible. Tenemos a un ex general sindicado de haber perpetrado crímenes de la humanidad y genocidio en la presidencia. Está remilitarizando el país y en todos los países del mundo, cuando la militarización aumenta, los asesinatos y las violaciones de mujeres aumentan también. Sin embargo, las feministas sembraron una semilla y esta semilla tarde o temprano dará sus frutos.”

Dará sus frutos porque mujeres como Mercedes Hernández sacrifican su propia vida para denunciar las atrocidades perpetradas en el corredor del narcotráfico, en el corredor de una guerra sin piedad con los más débiles. Un corredor de la muerte.

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