Negociar desde el pasado

Paisaje sonoro
Pablo Padilla

En el posteo anterior hablé de la carga que trae consigo ser dirigente sindical en Chile, moviéndose con las reglas de la ley laboral de Pinochet y Piñera (José, el hermano mayor del actual presidente).

 Pero en mi caso, el pasado tenía un peso especial y personal a la hora de sentarnos en la mesa de negociación. Puesto en el lugar, con gerentes y abogados frente a mí, me acompañaban, desde lo intangible, las figuras de mi propia familia que habían sido sindicalistas.

 Y es que el orgullo no es menor, ya que soy tercera generación que en la familia, por parte de madre, llevamos la marca del sindicalismo. Mis dos abuelos maternos fueron en su momento dirigentes. De ellos dos, destaco en especial la figura de mi abuela, Amalia Muñoz Alfaro, dirigente del sindicato de Laboratorios Chile.

 Obrera y madre de siete hijos, tuvo que repartir su tiempo y esfuerzo entre ser el sostén de una familia y luchar por los derechos de ella y sus compañeros. Su trabajo no era de los más ligeros: expuesta durante años a distintos químicos que envasaba, con mucha menos protección que la usual en estos tiempos, Amalia se dio maña para criar y educar a todos sus hijos, junto con dirigir el sindicato. Su calidad de operaria del nivel menos favorecido de la empresa no era obstáculo para que ella nos entregara un fuerte legado cultural. Recuerdo su pieza llena de libros, la radio encendida con alguna sinfonía sonando, mientras ella revisaba diarios y revistas de actualidad. Ella representaba una dignidad y una excelencia de la clase trabajadora que no ha sido replicada en estos tiempos. E incorrupta, además, a las tentaciones del cargo. Porque cada cosa que tuvo la ganó “a patadas”, sin venderse ni transar.

 El caso de mi madre es similar. Desde las filas del profesorado, Sonia Rubio Muñoz fundó el sindicato del Colegio San José de Maipú y dirigió varios procesos de negociación, llegando incluso a la huelga. Pese a su carácter sereno y reflexivo, supo poner fuerza y entereza cuando fue necesario. Los beneficios logrados en sus años de dirigente aún se mantienen en pie, a tres años de su fallecimiento. Y el cariño y respeto de muchos de sus compañeros nos ha arropado en su ausencia.

 Y sí: orgullo es lo que sentí al estar negociando con la empresa hace un par de meses. Acá no se trataba solo de lograr dos pesos más para el bolsillo. Respeto, dignidad, igualdad, valorar el esfuerzo del trabajador, y ser digno de una herencia. Eso estaba en la mesa, impulsándome desde mi propio pasado. Los gerentes se creen que esto es apenas un asunto de billetes, cuando lo que está en juego es siempre mucho más profundo, más vital y de mucho alcance

 Curiosamente, uno de los abogados del sindicato también tenía en sus genes la marca de la lucha gremial, con un padre que luchó codo a codo con don Clotario Blest, padre y guía del sindicalismo chileno. Nada es casual entonces. Nada es ligero. El presente se nutre del legado de los que estuvieron antes que nosotros, tratando de arreglar las cosas, luchando y creando. Eso da fuerzas, qué duda cabe.

Para nuestra tranquilidad, la negociación término con una mejora ostensible de las condiciones laborales. Así, al firmar el acuerdo pude decir en voz alta “he honrado la memoria de mi madre y mis abuelos”. Desde el otro lado de la mesa, la gerencia me miraba sin entender mis palabras. De este lado, apenas un par de miradas cómplices de mis compañeros dirigentes y nuestros asesores me mostraban que ellos si sabían de qué hablaba. Y nos abrazamos, celebrando el presente y el pasado. Y esperando un futuro algo mejor.

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