No soy yo el del otro lado del espejo
Estoy viviendo unos días de extrema confusión; me miro al espejo y me topo con la otra persona que no se parece a mí pero que viste igual que yo, incluso tiene los mismos gestos. Juraría que el de la otra parte del espejo no soy yo, aunque quizás sea el tipo que siempre vive en mí, ese que siempre se equivoca y camina a trompicones; el puro desastre que cruza las calles, mira los escaparates y hasta saluda al prójimo como si el prójimo fuera el sillón isabelino de mi prima Dolores.
Camino con la vista al frente, respiro con la cadencia de un fumador de cuarta categoría y llevo los brazos pegados a la cadera como un madelman viejo. Soy un ciudadano con la autoestima enfrentándose a cuchillo con las cucarachas y procurando sobrevivir a los chaparrones de monóxido y a los palos de una horda azul, que de repente salió de algún sitio.
No es bueno salir a la calle con la memoria puesta, porque te la puede arrebatar algún banquero o alguien disfrazado de buena persona. Sí, ese es el traje de moda de los carnavales: unas buenas palabras, un buen peinado, más la sonrisa que importamos de Brad Pitt y todos a votar distinto.
Ahora resulta que nadie se reconoce; que lo malo de entonces es lo peor de ahora; que la luna sale coja todas las noches y los recibos de la luz llegan con sello X; ahora, que sale el sol con un punto de tristeza y las balas nos silban cuando sacamos una mano del bolsillo, cantamos diferente, gritamos diferente, pero miramos el abismo de la misma manera.
Quizás no tengamos razón, quizás la culpa sea de nosotros y por nuestros pecados nos mandan exiliados a Laponia y nuestros hijos adolescentes son el enemigo, y los hijos de los demás cómplices necesarios de una locura desbocada.
El llanto del vecino no es más que una comedia que pergeñó un burdo imitador de Woody Allen, ese farsante neurótico. Tal vez sería bueno que vuelva a mirarme al espejo y me pregunte por mis viejos errores que siempre suenan nuevo, y eso que alguien me dijo que no era malo equivocarse. Pero al vecino de arriba lo auparon muchos y ahora nos cobra jirones de pellejo y recogemos su basura. Su puerta siempre está cerrada y sus perros no dejan de ladrar. En la calle rugen las sirenas y amenazan con disparar. Me muero por preguntarle al espejo, pero aquel hombre no soy yo, sólo me responde con bofetadas de silencio y medio kilo de sonrisas.
Foto: Carmen Vela




















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