Otro aniversario de "La noche de los lápices"
Este domingo 16 de Septiembre se han cumplido 36 años de una de las acciones más oscuras y perversas pergeñadas y llevadas a cabo durante la última dictadura cívico militar en Argentina, la que luego sería conocida como ‘La Noche de los lápices’: serie de secuestros y desapariciones de estudiantes secundarios en la ciudad de La Plata.
Eran jóvenes, muchos menores de edad, niños en su mayoría. Y los secuestraron, los torturaron y los desaparecieron. Eran estudiantes de la UES, (Unión de Estudiantes Secundarios). Esta agrupación, junto a escuelas y demás jóvenes, habían reclamado un año antes ante en el Ministerio de Obras Públicas por el otorgamiento del boleto estudiantil, que era el pedido de descuento en el pasaje de colectivo.
Según relataría años después Pablo Diaz, uno de los cuatro sobrevivientes de aquella noche, de los diez que fueron secuestrados, el boleto estudiantil, que habían conseguido en septiembre de 1975, fue suspendido en agosto de 1976 con la intención de detectar, mediante un trabajo de inteligencia, quiénes eran los líderes (a quienes llamaban ‘potenciales subversivos’) en cada escuela e ir a buscarlos. Al respecto, menciona un documento de la Jefatura de Policía de la Provincia de Buenos Aires llamado, justamente, La Noche de los Lápices, firmado por un comisario mayor Fernández.
El operativo fue realizado por el Batallón 601 del Servicio de Inteligencia del ejército y la Policía de la Provincia de Buenos Aires, dirigida en ese entonces por el General Ramón Camps.
Ese intento de aniquilación de las ideas es otro ejemplo nefasto del silenciamiento sistemático y del genocidio programado. Quisieron matar una ideología, borrar la estirpe misma del pensamiento llevándose a chicos de entre 14 y 17 años. Quisieron oscurecer una historia inevitable, la de la lucha de los pueblos. La Noche de Los Lápices nos demuestra como los genocidas en Argentina hicieron todo lo posible para cercenar las posibilidades de desarrollo de infinitas mentes que pensaban distinto, que querían otra cosa. Que buscaban igualdad, que pedían justicia.
Al desaparecerlos, junto a otros 30.000, quisieron desterrarlos al pasado, expulsarlos de la memoria a un cementerio de tierras infames, con lápidas sin nombre.
Hoy vivimos otras épocas. Épocas donde puede reclamarse con libertad, expresarse en democracia, sin temor a lo que se dice o se hace. El miedo, el terror, ese con el que nos marcaron, que hacía que muchos miraran para otro lado, que desconfiara hasta de su sombra, lo hemos ido perdiendo de a poco, aunque no del todo. Los lazos sociales sufrieron también un exterminio, y ésos son los más difíciles de reconstruir. Lleva tiempo y esfuerzo, pero se puede.
No tiene mucho sentido abundar en la bronca y la impotencia que siempre se sienten al conocer la injusticia, al vivirla, al leerla. Esos 10 militantes secundarios eran chicos, que fueron torturados y seis de ellos siguen desaparecidos hasta hoy. Nunca podríamos reponernos de algo así, y eso es lo sano, lo que marca la diferencia.
A la memoria de esos jóvenes, entonces: Francisco López Muntaner, María Claudia Falcone, Claudio de Acha, Horacio Ángel Ungaro, Daniel Alberto Racero, María Clara Ciocchini, presentes. Ahora y siempre.


















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