Políticos enredados en sus fabulaciones

El plumilla errante
José A. Gaciño

Quizá es un problema de falta de argumentos, una vez que han confesado que no hay más opción para salir de la crisis que seguir machacando con los recortes revestidos de la moralina de la austeridad (no gastar lo que no se tiene, no vivir por encima de las posibilidades… eso sí, sin dejar de pagar las deudas a los bancos alemanes). Quizá es un problema de agotamiento moral, tras comprobar que, por mucho que recorten con entusiasmo y ovaciones, los mercados parecen no enterarse y siguen apretando con la prima de riesgo.

Pero quizá es sólo ese punto de arrogancia y desprecio que la derecha española más rancia ha tenido siempre hacia la representación democrática, incluso cuando la ejerce ella de forma absoluta (¿o quizá precisamente más entonces, porque se considera el amo de sus votantes?).

El caso es que, después de haber hecho su aparición rutilante la semana anterior, en una sesión parlamentaria en la que el aplauso al anuncio de decisiones supuestamente valientes (que no eran más que aplicaciones sumisas de órdenes superiores, según confesión propia) se terminó interpretando como un insulto a los ciudadanos castigados, el presidente del Gobierno de España, Mariano Rajoy, ha estado ausente en la sesión en la que se ha debatido y convalidado la ristra de decretos leyes que materializan los sombríos anuncios de los penúltimos recortes (habrá más, seguro). Sólo ha acudido al final, al momento de la votación.

Para lidiar con las duras críticas de toda la oposición (el socialista Alfredo Pérez Rubalcaba volvió a ser el incisivo y brillante parlamentario de otros tiempos), dejaron solo al nada brillante pero locuaz ministro de Hacienda, habitual alimentador de inquietudes en los mercados con sus exageraciones catastrofistas cuando estaba en la oposición y sus no menos catastrofistas lamentaciones desde el Gobierno, que lo mismo confiesa su impotencia para hacer cumplir la obligación de pagar el IVA que alerta sobre el peligro inminente de quedarse sin dinero para pagar las nóminas de los empleados públicos. Y la prima de riesgo acercándose a los 600 puntos.

Ciertamente, debe de ser muy duro encontrarse con la cruda realidad. Habían repetido tantas veces que la culpa de todos los males del mundo era de José Luis Rodríguez Zapatero que debieron de terminar creyéndose que bastaba con que se fuera de La Moncloa para que volviese la normalidad. Hasta se debieron de olvidar que la crisis la montaron los grandes bancos estadounidenses con sus chanchullos financieros de destrucción masiva, exportados a sus colegas de Europa (y del resto del mundo), y que el desparrame de toda su basura especulativa es lo que está pagando la mayoría de los ciudadanos, transformados hábilmente de víctimas en culpables.

Han tenido que quedar muy enredados en sus propias fabulaciones para que sean capaces de poner ahora esa cara de sorpresa, como si realmente no hubiesen sabido la verdadera dimensión del déficit público y la deuda soberana de España antes de hacerse cargo del gobierno. Como si hubiesen creído alguna vez que las promesas que hacían en campaña electoral –desbordando por la izquierda a un gobierno socialdemócrata que ya se había rendido a los criterios ultraliberales, mayoritarios en la Unión Europea– pudieran cumplirse.

Y en esa confusión entre su fantasía y la realidad, no es fácil manejar argumentos que aclaren hasta dónde llega su incompetencia y cuál es su grado de cinismo.

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