Solidaridad necesaria
Entre los efectos colaterales perversos de la abrumadora crisis financiera que padecemos, figura la progresiva insensibilidad ante las movilizaciones populares y eso que algunas se van saldando con un goteo implacable de vidas humanas, causadas por la irracional represión del poder. Ya tienen a la ciudadanía resignada a sufrir mermas progresivas en las prestaciones sociales y en las condiciones laborales, con el mantra obsesivo de la austeridad como música de fondo. Ahora también juegan a convencernos de que las manifestaciones no sirven para nada. Y muestran a los griegos señalando que, después de varias huelgas generales, enfrentamientos contundentes con la policía y quema de edificios, siguen cada vez peor. Aunque la lectura más adecuada podría ser la contraria: recurren a estas acciones casi desesperadas porque están cada vez peor, a pesar de que se les viene aplicando de forma intensiva la medicina de la austeridad que se nos prescribe como único remedio universal.
Estos presuntos sanadores de una enfermedad que ellos mismos nos inocularon se han encontrado, además, con un aliado imprevisto, en principio ajeno a la ofensiva ultraliberal contra las conquistas sociales, pero que está dando mucho juego en otra ofensiva ultraliberal contra el equilibrio de poderes en el Oriente Próximo. La postura "gadafista" de Bashar al Assad (dictador hereditario, al estilo norcoreano) ha hecho derivar las protestas pacíficas de la oposición hacia una guerra civil sangrienta, con bombardeos indiscriminados contra los ciudadanos, sin que, en esta ocasión, las potencias occidentales se decidan a la intervención militar. Ciudadanos inermes frente a la represión brutal y que apenas suscitan manifestaciones de apoyo en otros países, como si la globalización sólo sirviese para propagar las intoxicaciones especuladoras de los centros financieros, y como si la protesta contra las violaciones de los derechos humanos estuviese dosificada por los prejuicios ideológicos (aviso para progresistas despistados: hace mucho tiempo que el régimen sirio dejó de ser referencia de una alternativa laica y progresista en el mundo árabe y musulmán para terminar convirtiéndose en el aliado del régimen iraní, de carácter teocrático, aunque presuma de antiimperialismo).
Tanto los efectos reales de la crisis como la repercusión mediática amplificada han inyectado en la ciudadanía las suficientes dosis de miedo como para implantar los más elementales mensajes sobre la lucha por la supervivencia personal. Y hace sus efectos sobre sectores sociales que vienen de vivir una época de prosperidad, en esa difusa clase media que sirve de colchón moderador del sistema capitalista y que creía en el mito del emprendedor audaz que se abre paso entre los depredadores para ascender en la escala social (y que quizá sigue creyendo que puede conseguirlo, a condición de no mezclarse con las turbas contestatarias).
Como si la solidaridad fuese un lujo de los momentos de prosperidad y no una necesidad permanente, el recurso principal de los oprimidos. Por algo los conservadores incurren en la contradicción de conservar lo menos posible la memoria histórica. La clase obrera (y perdón por emplear un término que algunos querrían eliminar del vocabulario) tiene una dura trayectoria de luchas y fracasos. Cada una de esas conquistas que hoy se están desmantelando tiene detrás una historia de sangre y sufrimientos, desde la revolución industrial hasta nuestros días (en que quizá tengan que empezar una nueva historia los obreros de las potencias emergentes, pese a que una de esas potencias es formalmente comunista). Las conquistas fueron posibles por la solidaridad y la movilización popular.
Y aunque no sirva para nada. Por lo menos, las movilizaciones pueden dejar claro que esta dictadura de la austeridad selectiva (sólo para los de abajo) no le gusta a la ciudadanía.




















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