Unidos hacia las desigualdades universales

El plumilla errante
José A. Gaciño

 lo largo del siglo XX, después de cada una de las dos grandes guerras llamadas mundiales (para algunos, guerras civiles europeas con aliados externos en cada uno de los bandos), se ha hecho lo posible por levantar plataformas de negociación para el entendimiento, de ámbito internacional o continental, de carácter económico o de muy diversos niveles de especialización. Y efectivamente se ha avanzado en la contención de los enfrentamientos. No ha vuelto a haber una gran guerra mundial, aunque no han faltado guerras parciales, de mayor o menor extensión.

Precisamente en el escenario principal de los dos grandes enfrentamientos bélicos del siglo pasado, Europa, se puso en marcha un importante proceso integrador, con pretensiones de convertirse en un superestado federal. En estos momentos, sin embargo, ese proceso, que parecía irreversible, se encuentra en peligro de disgregación, sacudido por una dura crisis que los gobernantes europeos, ni juntos ni por separado, son incapaces de combatir. Sólo parece funcionar la vieja consigna de “sálvese quien pueda”, resucitando los tradicionales recelos interterritoriales.

En el orden económico, el sistema de libre mercado, a pesar de que coloca el principio de la libre competencia como uno de sus dogmas, en la realidad tiende continuamente hacia el monopolio. En su actual etapa globalizadora, además de sus criterios de deslocalización continua en busca de los menores costes laborales y fiscales, impone la idea de que, cuanto más grande y concentrada sea la empresa, más eficaz será (después se trocea convenientemente, si hace falta para engañar mejor a las haciendas públicas).

Pero en el orden político, el mecanismo parece funcionar al revés. Se hace continuamente el panegírico de la necesidad de concentrar esfuerzos y de superar fronteras, de fomentar el entendimiento y la cooperación, pero en la práctica subsisten los compartimentos estancos. La Unión Europea es, en estos momentos, un ejemplo de la posible frustración de un proceso unitario, bloqueado por la presión de los déficits y los rescates. Cada Estado se hace fuerte en sus fronteras, restringiendo su colaboración con los demás (sobre todo si son más débiles) y algunos, además, centralizando sus competencias internas. Renuncian así todos a dinamizar un posible proceso federal europeo (ese del que se acaba de acordar ahora el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durâo Barroso) y algunos (España, por ejemplo) niegan la posibilidad de dar juego real a la diversidad de sus propias instituciones.

Estos gobernantes pacatos, que se resisten a perder control en ninguna de las direcciones, al final siempre se pliegan ante los más fuertes y exhiben su prepotencia ante los más débiles. Son de los que nunca sueñan y están siempre dispuestos a colaborar en el desequilibrio permanente de las desigualdades universales. Y encima nos convocan a todos a la unidad, incluso con sello real, para que les acompañemos hacia su callejón sin salida.

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