Usain Bolt, en cuanto pudo, se fue a un McDonald

Corrió a zamparse una hamburguesa
ESPAÑA

En cuanto pudo, se fue a un McDonalds a zamparse una hamburguesa. Acto seguido, se metió en una discoteca y se bebió unas copitas. Tenía que celebrarlo. Como todo hijo de vecino de 26 años... aunque lo que Usain Bolt celebraba no era que se hubiera sacado el carnet de conducir, ni que hubiese aprobado todas en junio, lo que celebraba eran nada menos que tres medallas de oro, tres.

 El chico más veloz, el hombre más rápido del mundo, es un tipo normal, y eso es lo que le hace tan magnético, tan admirado, tan centro de nuestras miradas, tan colega. Quien ha estado pegado a la tele en las carreras de Bolt ha sonreído, ha gritado “guauuuu”, ha vibrado y sobre todo, se ha divertido. Porque el show comienza cuando pisa la pista de atletismo... a ver, a ver qué hace, decimos todos. Y Bolt comienza el espectáculo: hace que pincha un disco, saluda a lo militar o a modo de reina de Inglaterra, o hace su pose más conocida... y luego corre, vuela, y nos deleita con su excepcionalidad.

 Lo he pensado muchas veces, si fuese Cristiano Ronaldo el que hiciera ese show, esas poses, esas celebraciones, nos echaríamos encima. Si fuese Cristiano el que no corriera a tope para conseguir el récord de los 200 por la sencilla razón de que en el Mundial gana más dinero, pediríamos su cabeza.

 Recuerdo la celebración de la pata negra de Cristiano, recuerdo cuando mandó callar incluso al Bernabéu, recuerdo una movida con unos paparazzis, recuerdo cuando dijo aquello de “soy rico, guapo y juego bien al fútbol”. Usain Bolt celebra sus carreras haciendo el conejito, nos manda callar a todos en cada prueba, antes o después, cuelga una foto en twitter con tres deportistas suecas en su habitación, y por supuesto admite sin rubor alguno que ya es una leyenda y que no soporta a Carl Lewis.

El show de los deportes 

Pero así es la vida, así es el show de los deportes, no se sabe por qué, pero unos caen en gracia y otros no. O tal vez sí se sepa... porque Bolt consigue el oro en los 100 metros y los 200 en dos Juegos Olímpicos diferentes, algo que nadie hizo jamás, y sigue siendo el mismo. El mismo que no tarda ni un segundo en buscar y abrazar a su compañero en meta e instarle para que hagan la pose más absurda y cómica posible ante las cámaras, el mismo que atiende, uno a uno, a todos los medios de este mundo, el mismo que detiene una entrevista porque suena el himno de otro país, el mismo que se fotografía con medio estadio, el mismo que quiere llevarse el testigo de los relevos para ponerlo en la estantería de su habitación, aunque tenga seis medallas de oro para empapelar la pared.

Él prefiere llevarse a casa un tubo amarillo de metal de 50 gramos. Por eso nos gusta.

 Porque está zumbado, porque es natural, porque no se corta un pelo, y porque los que le conocen dicen que es tela de buena gente, o como se diga en jamaicano. Porque él mismo se define como “una persona alegre y divertida”. Y porque sonríe, mucho, con su boca grande, porque es feliz con lo que hace y nos hace partícipes a todos... por eso nos gusta tanto Usain Bolt.

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