Vivir peligrosamente

Sin vergüenza
Manuel Ladrón de Guevara

El ejercicio del coraje no es en modo alguno uso acostumbrado; en este  tiempo que es el nuestro no menudean los actos de auténtico valor. Será por eso, por su extravagancia, que nos emocionan tanto, aunque no hasta el límite de arriesgar nuestro precario equilibrio en su emulación. Otro gallo –gallo de pelea- nos cantaría y les cantaría –las cuarenta en bastos – a los que nos mandan, si cundieran algunos admirables ejemplos.

La Historia es un contenedor desordenado de insensateces, infamias y  pestes de todo tipo; una galería de horrores y acontecimientos execrables, entre los que, muy de vez en cuando, encontramos como rara flor algunas actuaciones espléndidas. A la galería de infamias inventadas por Borges, la Historia podría replicar –cierto que con peor literatura - con otra de mucha más enjundiosa malevolencia. Pero si buscamos bien, también andan por ahí perdidos, en los trabajosos rincones de la memoria, personajes cuya vida merece la pena rescatar. A ver si se nos pega algo.

Estos son los hechos. Moscú, 1968. El camarada Koba ocupaba ya lugar destacado en la historia universal de las infamias comunistas. El XX congreso del PCUS había abominado de sus métodos… aunque sus sucesores, con Nikita Jrushchov a la cabeza, encontraron muy útiles y convenientes estos espeluznantes procedimientos para alcanzar el poder: al sucesor natural de Stalin, Laurenti Beria, lo suprimieron con el expeditivo argumento del disparo en la nuca, y toda su familia acabó en un Gulaj. Pero en 1968, digo, Jrushchov también era ya historia. Lenoniv Brezhnev, un oscuro funcionario del partido hermético y sacro al modo marxista, era el nuevo líder soviético. Con él, los campos de concentración siguieron funcionando y admitiendo disidentes; inventó, además, un método más científico para tratar a los locos que descreían del paraíso proletario: los hospitales psiquiátricos penitenciarios. A ver quién era capaz de sacar los pies del tiesto.

Pues  hubo quien lo hizo. Algunos se atrevieron a disentir amparados en su fama científica o artística. Y unos pocos lo hicieron sin red alguna. En 1968, veintinueve divisiones de infantería, siete mil quinientos tanques y mil aviones fueron el incontestable razonamiento utilizado por la URSS para salvaguardar el mito de la unidad comunista. Con esas fuerzas pisoteó la bota soviética el jardín que había comenzado a florecer en Praga.

Naturalmente, el matonismo ruso tuvo contestación en todo el mundo libre. Hubo manifestaciones de protesta en las principales ciudades del planeta. Pero hubo un gesto, protagonizado por ocho valientes moscovitas, que sirve de “testigo irrefutable de toda nobleza humana”, al decir de Luis Cernuda. En la Plaza Roja, ocho ciudadanos de la URSS desplegaron el 25 de agosto de 1968 pequeños carteles –en uno de ellos podía leerse “por su libertad y la nuestra”- en protesta por la invasión. Claro, fueron velozmente reducidos  y su acción no obtuvo la menor mención en la prensa y la televisión soviéticas. Ni siquiera los corresponsales extranjeros dignificaron el gesto en su medida justa.

Larisa Bogoiev, Konstantin Babitsky, Vadim Delaunay, Vladimir Dremliuga, Pavel Litvinov, Natalia Gorbanevskaya, Viktor Fainberg,  y Tatiana Baeva. Se levantaron esa mañana sintiéndose obligados a ese inútil gesto sublime. ¿Obligados porqué, o por quién?. Supongo que cada uno de ellos tendría su propia respuesta, que en el fondo es esencialmente la misma: por su íntima condición de seres humanos libres y distintos. Porque hemos nacido con el derecho a la lucha y a la disconformidad, y ahí es donde pinchan en hueso todos los gobiernos, por espeluznantes e imaginativos que sean sus métodos de represión. Todos sufrieron la “reeducación” posterior conveniente a su antisovietismo. Conocieron los siniestros sótanos de la Lubianka, y fueron condenados a largos años de prisión. Lo más cercano a un reconocimiento que han recibido  ha sido el público agradecimiento del ex primer ministro checo Vaclav Havel en 2008. Pero cuando salieron a la calle contra toda esperanza aquel 25 de agosto del 68, seguro que en lo que menos pensaban estos ocho valientes patriotas era en las inciertas y casi siempre extemporáneas recompensas de la Historia. Se trataba de algo mucho más simple: había que hacerlo, porque era justo. Nada más y nada menos.

Tras conocer a un ex combatiente de la brigada Lincoln Luis Cernuda escribía aquellos versos emocionados: “…gracias porque dices/que el hombre es noble/nada importa que tan pocos lo sean:/uno, tan solo uno basta/como testigo irrefutable/de toda la nobleza humana”. La excelencia de los versos no impide que pueda discreparse de su fundamento. Un gesto individual de coraje ennoblece a tanto a quien lo ejerce como rebaja a quien no se atreve. Y desacredita especialmente a  quienes –con una lucha justa en marcha- se quedan en casa por pura molicie. Son –o somos- los acomodados ciudadanos de la opulenta civilización occidental, el auténtico problema. En rigor: nuestra falta de costumbre y afición a la pelea nos está metiendo en un soberano lío. Ya lo avisaba Albert Einstein, que en su condición de judío alemán execrado por los nazis sabía de lo que hablaba: “la vida es peligrosa, no por los hombres que hacen el mal, sino por los que se sientan a ver lo que pasa”. Está claro, ¿no?

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