Carletto (Ancelotti)

Las cosas como son
Agustín Castellote

Carlo Ancelotti llega al Real Madrid con un primer y gran objetivo : instaurar la paz o, lo que es lo mismo, tratar de conseguir que el proceloso e irrespirable ambiente vivido en el último año en Chamartín, donde prensa y entrenador se enzarzaron en una salvaje y desmedida lucha de poder, una lucha en la que todo valía, donde no se hacían prisioneros, donde el presidente se lavaba las manos y la afición iba alineándose en un bando u otro, se convierta en historia, negra historia de un madridismo secuestrado por la ambición personal de sus protagonistas y que convertía cada partido, cada información y cada argumento, en un plebiscito sobre cuál de las dos partes tenía la razón, sin saber que en fútbol hay razones que la razón no entiende y que toda polémica, debate o decisión se hace buena o mala en función de un gol.

Ancelotti sabe que antes que los títulos o la forma de jugar tiene que cerrar muchas heridas, tiene que firmar un armisticio, que no una rendición, y aprender a caminar sobre la delgada línea de medir lo que ha de defender y lo que deberá entregar, ese equilibrio de fuerzas que le permita hacer su trabajo sin verse envuelto en un continuo fuego de egos y vanidades, que acabaría por devorarle.

Con apenas unas horas en Madrid la lista de peticiones al técnico italiano ya resulta interminable; unos le piden que recupere los valores, hay quien le exige limpiar el vestuario, un modelo de juego, señorío, acabar con el dominio del Barcelona, la décima…..En fin, todo aquello que en su globalidad conforma lo que llamamos éxito y que individualmente se puede tornar en un taladro que trepane un ilusionado proyecto.

 Ayuda su carácter serio, afable y educado; su experiencia es un grado, y además cuenta con la ventaja de una afición que necesita urgentemente que alguien les ayude a cerrar sus viejas heridas, a identificar de nuevo al verdadero rival y saber para qué portería chutan. Pocas veces un entrenador ha debido encontrarse un clima tan propicio para iniciar su trabajo, una afición tan entregada tan ilusionada y tan necesitada. Pocas veces las puertas del Bernabéu parecieron tan abiertas. Aunque Ancelotti debe saber que el enemigo sigue ahí, implacable, al acecho de su presa; y espera el momento indicado para atacar, para volver a hacer sangre y, sobre todo, para medir de nuevo sus fuerzas.

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