Colgados del aro

LAS COSAS COMO SON
Agustín Castellote

La imagen de Felipe Reyes, el eterno capitán del Real Madrid, alzando la Copa que acababa de entregarle S.M.el Rey Felipe VI y la desatada euforia de los seguidores madridistas por el trofeo conseguido, que contrastaba con la enorme desilusión de los barcelonistas por la derrota que acababan de sufrir, ponían punto y final a una nueva edición de la fase final de la Copa del Rey de baloncesto que, un año más, vuelve a poner de manifiesto el excelente trabajo, la perfecta organización y el triunfo de un modelo competitivo, una idea de certamen que goza de excelente salud y que temporada tras temporada se convierte en una gran fiesta del baloncesto, donde la gente va a disfrutar del deporte, donde el respeto por el aficionado es máximo y la Competición pasa por ser una especie de alfombra roja en la que los clubes desfilan para ofrecer lo mejor de sí en la cancha, mientras sus seguidores comparten sueños, ilusiones, alegrías y decepciones, atrapados por el carácter multicultural del torneo y en una especie de maratón emocional en el que apenas se producen incidentes, donde no hay peleas ni detenciones, donde no se apedrean autocares, ni los partidos resultan de alto riesgo, donde la gente va a divertirse sin tener la necesidad de convertir la alegría de los otros en una ofensa, ni tratar de enemigo, a quien tan solo es un rival en la cancha. 

El baloncesto y sobre todo aquellos que toman decisiones desde los despachos tienen muchas cosas que enseñar en el mundo del deporte, ya sé que no es lo mismo gestionar 10.000 emociones que 100.000 y que el juego de la canasta no está infectado por el virus de la audiencia, lo que permite que cierto sector de la prensa no ponga sobre el aro las garras de la polémica permitiendo así que el juego prime sobre el atrezzo. 

Pero no es menos cierto que gente como Eduardo Portela, José Luis Sáez y muchos otros, llevan tiempo señalando el camino que permita un deporte que, sin perder su carga emocional, sin  ceder terreno al espectáculo, sí que cumpla las reglas y sobre todo respete y cuide al aficionado. 

Que durante cuatro días, ocho aficiones distintas puedan convivir en una misma ciudad y en torno a una misma idea sin un solo incidente destacable, que la Fan Zone haya sido para los seguidores punto de encuentro de ilusiones pero también de realidades y ocios compartidos, que los jugadores estuvieran  en el mismo hotel acudiendo a clinics con los niños y aficionados y sin dar la imagen de dioses inaccesibles encerrados en herméticas burbujas de cristal y que luego todos los actores, en la cancha y en la grada, crearan un ambiente mágico de pasión y emoción, en defensa de sus colores, es un gran triunfo del baloncesto y sus gestores, es un ejemplo de que siempre hay que procurar vivir de realidades para evitar que la vida te juegue malas pasadas y en todo caso es un claro ejemplo de que una cosa es morir de éxito, y otra, muy distinta, renunciar a disfrutarlo. 

 

 @agcastellote

España

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