De la primavera espontánea al golpe organizado

El plumilla errante
José A. Gaciño

La frustración de las primaveras árabes, iniciadas hace tres años, no deja de destilar amarguras. La euforia por la caída de los dictadores en Túnez, Egipto y Yemen se vio apagada por las dificultades iniciales para sacar adelante los procesos electorales y por el comportamiento posterior de quienes accedieron al poder (los islamistas) y aprovecharon sus mayorías relativas para elaborar unas constituciones restrictivas y para imponer desde el gobierno las normas de su moral religiosa a toda la ciudadanía con independencia de sus propias creencias o no creencias.

El caso de Egipto es especialmente sangrante, porque, después de pasar por ese breve período de islamización de urgencia en medio de un caos económico, terminan donde empezaron: con el ejército al frente del poder. Tan desesperados habían llegado a estar en amplios sectores de la población egipcia (posiblemente una mayoría, la que componen todos los ciudadanos que no habían votado a los islamistas) que han saludado con cierta euforia el golpe de estado militar que ha destituido al presidente Morsi y encarcela a miembros de los Hermanos Musulmanes.

Pero, a pesar de esas euforias populares, el ejército egipcio no parece haber puesto en marcha precisamente una “revolución de los claveles”. En Portugal, hace ya casi cuarenta años, un sector del ejército se levantó contra una dictadura, entre otras cosas por el agotamiento y el bochorno que le causaba su triste papel en las guerras coloniales, y contribuyó a librar de la clandestinidad a los luchadores por la democracia. En Egipto, los militares se levantan contra un gobierno que, con todos sus defectos y abusos, había sido elegido en las urnas (y sólo a través de las urnas, con la presión popular, debía ser relevado), y se levantan además para defender directamente sus privilegios y sus intereses económicos (controlan como la tercera parte del producto interior bruto egipcio), una hipoteca con la que, a partir de este aviso, deberá contar cualquier futuro gobierno civil (si es que vuelve a haber un gobierno civil democrático en el futuro inmediato).

La primavera árabe llegaba hace tres años con aires de mujer, juventud, laicismo y libertad. Demasiado para las viejas estructuras –políticas, culturales y mentales– de una civilización ensimismada en su propia decadencia. Las reacciones del sistema fueron inevitablemente defensivas, tanto de quienes ocupaban el poder dictatorialmente como de quienes lo combatían con la idea de restablecer antiguos esplendores doctrinales (en Libia antes y en Siria ahora estas dos facciones partieron de la primavera para enzarzarse en un enfrentamiento armado directo).

 Hace tres años, se lanzaron a la calle a reclamar espontáneamente, ingenuamente, que se atendieran sus demandas de democracia. Desde entonces, las decepciones se han ido amontonando mientras los profesionales del poder y de las verdades absolutas recogían la cosecha del desencanto. Deberán aprender para la próxima ocasión y añadir organización y alternativas políticas a la pura protesta. Para entonces, quizá los gobiernos democráticos del llamado mundo desarrollado hayan afinado más sus delirantes tinglados de espionaje y sepan con mayor acierto hacia dónde se orienta el futuro.

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