Desde las dos orillas

LAS COSAS COMO SON
Agustín Castellote

¿De verdad que no se puede hacer nada en Gaza? ¿En serio que un mundo “civilizado” se debe limitar a hacer recuento diario de muertos, entre imágenes de niños sacrificados, dolor y destrucción? Esta es la pregunta que me hacía hoy en las redes sociales y que me ha llevado a abandonar excepcionalmente mi comentario deportivo de cada semana, para reflexionar en voz alta sobre la incapacidad de esta sociedad insensible y cargada de odio, para tomar decisiones, para implicarse en una serie de conflictos en los que la miserable crueldad del ser humano se pone de manifiesto sin tener en cuenta nada, más allá del afán mercantilista de todo lo imprescindible para la vida, utilizando para conseguir sus fines, cualquier estrategia que pase por anular la voluntad del otro y demostrar así su superioridad y su desprecio. Esta sociedad atrapada en un sistema que separa a los seres humanos en lugar de unirlos, que fomenta la desigualdad social, asiste atónita desde la otra orilla a cómo la gente se despedaza a unos cientos o miles de kilómetros de distancia, como si fuera algo normal, como si formara parte de un macabro escenario, de una especie de circuito de la creación donde el camino de la vida te exige destruir para luego volver a construirlo.

Estas dinámicas perniciosas son las que nos han cambiado, nos han hecho insensibles, creando corazas de espinas para protegernos y no mostrarnos vulnerables. Hemos conseguido, lejos de enfrentarnos a ella y asumir el riesgo de la contracorriente, adaptarnos a una sociedad enferma, desentendida de todo aquello que le  molesta y donde la vida de los demás vale lo que vale una firma, un acuerdo o un pedazo de tierra.

Quizá ha llegado el momento de decir basta, de olvidarnos de esas élites económicas y estratégicas que van secuestrando poderes hasta manipular cualquier regla de juego y acercarnos sin miedo a la otra orilla. No esperar a que el telediario nos diga hoy cuánta gente ha muerto y cuántos niños fueron sacrificados, mientras nos encogemos de hombros y entre plato y plato exclamamos: ¡Qué pena !

Cientos de veces le he preguntado a mi padre ¿Cómo el mundo fue capaz de asistir a la barbarie nazi, a los campos de exterminio, al genocidio de judíos y permanecer insensible? No me gustaría que, años después, al reescribir la historia, mi hija me preguntara ¿Cómo el mundo permaneció insensible sobre Gaza?

 “Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista. Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío. Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista, luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante. Luego vinieron por mí, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada”.              (Martin Nemoller)

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