Devaluación salarial y chantaje con ensañamiento
No hacía falta que el Fondo Monetario Internacional, con el apoyo entusiasta del comisario europeo para Asuntos Económicos (no desmentido por la Comisión Europea de la que forma parte), lanzase la idea de una reducción salarial en España tan contundente como de un 10 por ciento para darse cuenta de que la devaluación de los salarios es la alternativa inevitable si no se dispone de la posibilidad de devaluar la moneda, que era el mecanismo habitual para equilibrar el déficit antes de integrarse en el euro.
De hecho, los salarios en España vienen devaluándose desde el primer momento de la crisis y han entrado en franco deterioro desde que se aprobó la reforma laboral, que dota a los empresarios de herramientas para introducir unilateralmente rebajas de salarios y modificación de casi todas las condiciones de trabajo. Concretamente, los salarios han caído en España un 7,6 por ciento desde el año 2010. Faltaría poco para completar el 10 por ciento, aunque lo más probable es que los consejos del FMI y de la CE se refieran a un recorte más sobre lo ya recortado.
Da lo mismo, en realidad. El verdadero mensaje no es tanto fijar un porcentaje determinado para seguir descendiendo a los infiernos como advertir de la necesidad de someterse a las medidas que consideren oportunas y necesarias aquellos que tienen el poder y la oportunidad para imponerlas. Una vez que la crisis ha deteriorado el panorama laboral –hasta llegar, en España, a un 26 por ciento de desempleados–, advertencias como estas van dirigidas a dejar claro que la única salida consiste en plegarse a las exigencias empresariales, que, a su vez, están condicionadas a las exigencias financieras.
Tampoco hacía falta que lo enfatizaran tanto y, en ese sentido, la advertencia o amenaza adquiere tintes de ensañamiento. Tal como ha ido transcurriendo la crisis y tal como han ido comportándose (más bien no comportándose) las autoridades con competencias en la materia –en Europa y en España–, se ha ido llegando a unos niveles de paro –y de incertidumbre entre los que trabajan– que han mentalizado a los trabajadores de la necesidad de aceptar cualquier trabajo, en cualesquiera condiciones y por cualquier salario, por puro instinto de supervivencia.
Frente a ese chantaje estructural del sistema capitalista –las condiciones de trabajo las marcan el que ofrece el trabajo, sobre todo cuando hay mano de obra más que sobrante–, el movimiento obrero fue organizando sus propios mecanismos de defensa y sus propios chantajes (la huelga, por ejemplo). Incluso la alternativa socialdemócrata se apoyaba, en cierto modo, en el chantaje de la amenaza comunista. Y se llegaron a alcanzar, en Europa, unos aceptables niveles de equilibrio y de redistribución social (el famoso Estado del bienestar) sin salirse del sistema capitalista.
Desaparecida la amenaza comunista, desconcertada la izquierda, debilitados los sindicatos (que en España nunca han sido demasiado fuertes) y en el clima depresivo de una recesión, los poderosos consideran que no necesitan hacer concesiones. Como mucho, las justas para que no desaparezca el consumo que absorba la producción (y ni eso, si la producción se puede colocar en los países emergentes).
La maquinaria ciega del mercado se encargará del resto. Por ejemplo, de colocar a cada uno en su sitio: los ricos cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres (y más numerosos).





