La balada de los juguetes rotos
"No pido limosna, sólo quiero un trabajo "
El miércoles 30 de julio de 1980 el inmenso estadio Lenin de Moscú vivió un momento singular, después de 3 horas 51 minutos y 24 segundos de una carrera contra los límites del ser humano, un atleta español, Jordi Llopart, hacía su entrada en la recta principal del estadio entre el asombro, la admiración y el aplauso de los más de 90.000 espectadores que poblaban las gradas. No había conseguido ganar la prueba de 50 kilómetros marcha porque por delante había entrado el alemán Gauder, pero la plata del marchador español significaba la primera medalla olímpica en la historia de nuestro atletismo y el comienzo de un exitoso idilio de la marcha española con podiums y preseas. Llopart pasó a convertirse en héroe de nuestro deporte mientras recibía el reconocimiento de todos y la felicitación de S. M. El Rey y el entonces presidente del gobierno Adolfo Suárez. Ese éxito en Moscú 80, más el oro en los Campeonatos de Europa y los 9 Campeonatos de España que logró para sus vitrinas le llevaron a recibir la Orden Olímpica, la Real orden al Mérito Deportivo y ser reconocido como el mejor deportista español del momento.
Hoy, 34 años después y con 62 años a sus espaldas, con su mujer en el paro y con 2 niñas de 4 años y 9 meses, Jordi Llopart ha perdido la capa de superhéroe, ha encerrado en el armario del recuerdo la corona de leyenda que le impusieron y trata de mal vivir en la ciénaga social en la que estamos instalados con el subsidio de 426 euros para mayores de 55 años, mientras repite machaconamente: “Yo no pido limosna, sólo quiero un trabajo”. Una triste realidad que pesa como una losa sobre una gran parte de nuestra población, una realidad descarnada y cruel, donde de nada te sirve quién fuiste o lo que pudieras conseguir; un auténtico desgarro se produce al ver como el tiempo se congela mientras observas como se esfuma ese futuro con el que tantas veces soñaste. Jordi Llopart había vivido como deportista de élite bajo la máxima de que la vida es una batalla diaria por la que vale la pena luchar y esforzarse; esa fue la clave de su éxito y del éxito de tantos y tantos deportistas de alto nivel; pero nunca pensó en un futuro interrumpido por la amargura. Nunca pudo creer la delgada línea que existe entre la gloria y la miseria, cómo la propia vida te obliga a abandonar sueños y proyectos mientras te vas incorporando, sin saberlo, sin quererlo al viejo cesto de los despojos; y es que todo parece imposible hasta que deja de serlo , nada está escrito hasta que sucede, por ello Jordi repite con cierta amargura: "He llamado a todas las puertas, pero ninguna me abre ".
Una realidad que, frustración tras frustración, ha ido llenando de resignación hasta dejar de creer. Por eso Llopart ya dejó de ser el gran triunfador del deporte para engrosar la interminable lista de los que claman justicia, un muñeco roto al que empujan hacia el fondo del baúl de los juguetes viejos, magullado por el peso de los otros juguetes colocados encima, sin ilusión, sin esperanza y sin nadie que le rescate de ese oscuro habitáculo donde un corazón late bajito, mientras lucha por recomponerse.
@agcastellote





