Los demonios de Ibrahimovic
Una vez escuché a Johan Cruyff decir: “El fútbol es un juego que se juega con el cerebro”, quizá le faltó decir al holandés que el fútbol de hoy dura bastante más que 90 minutos y que se vive el antes y el después con la misma pasión e intensidad que el propio partido.
En este abrupto escenario, donde los goles se confunden con los gestos, donde la técnica se abraza a la palabra y el reglamento a la norma, es donde emerge con toda su fuerza una especie de desequilibrio perfectamente equilibrado, un estado de permanente confusión que hacen de Zlatan Ibrahimovic, el genial futbolista sueco, un espíritu indómito, elegante, inteligente y de técnica cristalina con la pelota, pero un insurrecto, de carácter irascible y con una acusada indisciplina cuando se aleja de ella. La última del espigado delantero ha puesto patas arriba a la sociedad francesa, sus palabras al terminar el partido en el que su equipo, el París Saint Germain perdía en el campo del Burdeos: “Este país de mierda no se merece al PSG”, ha revolucionado, no sólo a la afición futbolística sino a una ciudadanía poco acostumbrada emocionalmente a este tipo de situaciones y estos desplantes, al punto que el ministro de deportes, Patrick Kenner, exigía inmediatas excusas, cosa que el futbolista hizo a través de las redes sociales, mientras una marea de críticas y repulsas se extendían en los medios de comunicación.
Y es que todo es heterodoxo en Ibrahimovic, menos su fútbol; una historia interminable de amores y odios que le llevaron a granjearse tantos elogios como desprecios a su paso por los distintos clubes en los que jugó, sin querer entender nunca que su principal enemigo era él mismo. Quizá para comprender a Ibrahimovic habría que retrotraernos a su dura infancia, a sus orígenes en un barrio marginal de Malmö, y a su guerra diaria, no por triunfar sino simplemente por sobrevivír; alguna vez, preguntado por esa fase de su vida, oí a Zlatan decir: “De pequeño no pasé hambre, pasé mucha hambre”, aunque luego su manera de entender el fútbol, su relación con la pelota y esa genialidad innata que sólo tienen los elegidos, le llevaron a ser un privilegiado del deporte, un millonario en euros, fama y admiradores y a formar parte de la élite.
Pero eso no ha cambiado para nada a Ibra, sus demonios permanecen latentes, escondidos entre goles, regates y pases increíbles, a la espera del toque de corneta que les invite a manifestarse; el sueco jamás ha hecho nada para acabar con ellos, siempre ha sido consecuente con su forma de ser y, como ha ocurrido con otros grandes futbolistas, Gascoigne, Stoichkov, Juanito; ese carácter indómito, ese punto irritante, esa pose hierática y desafiante, forman parte de su éxito y también de su fracaso.
Son supervivientes que buscan del inconformismo y la indisciplina una forma de ser, rebeldes sin causa dispuestos a asumir el riesgo de plantar cara a las normas y hacer siempre lo que quieren hacer. Agitadores de la lógica que pasan por la vida, siempre recogiendo alabanzas, siempre recibiendo perdones.
@AgCastellote





