Messi y los otros
El domingo, con motivo del Barcelona –Levante, tuve la poco original, pero divertida idea de hacer un seguimiento exclusivo a Leo Messi, olvidarme durante 90 minutos del resultado, del ambiente, de los goles, del resto de los actores y hasta del propio fútbol, para fijarme única y exclusivamente en el jugador argentino, sus movimientos, sus reacciones, sus gestos y su manera de comportarse, con y sin balón, en un ejercicio que viene a acentuar aún más la opinión que siempre me ha merecido de estar ante un personaje nacido para jugar al fútbol.
Lo primero que me llamó la atención fue su salida al césped para iniciar el partido, con lentitud, con la mirada perdida, con una pasmosa tranquilidad que pareciera que hasta estuviera ausente de toda la pasión y excitación que rodea al momento; en tiempos de futbolistas sobreactuantes, Messi se presenta como un jugador poco excesivo en sus formas, como si en lugar de estar en un gran escenario ante 80.000 personas, estuviera en el jardín de su casa o en el parque con sus amigos. Solo al tocar la pelota al inicio del partido es cuando te das cuenta que algo cambia, que es feliz empapado en esas sensaciones y que con un entorno futbolístico permanentemente imbuido en continuas ceremonias de distracción e invadido por el síndrome del escaparate, es en ese momento de iniciar el juego, donde Messi se siente a gusto. Luego, solo hay que mirar y disfrutar; esa figura chiquitita y distraída al salir al campo empieza a crecer de forma imparable, hasta convertirse en un gigante fuera de cualquier control; juega tan natural que hace sobrenatural al propio fútbol, resulta insultante la sencillez con la que hace las cosas que nos parecen imposibles; mientras el resto de sus compañeros se van acercando al balón, intentando rodearlo para hacerle prisionero, Messi se aleja todo lo que puede de la pelota y deja que sea ella quien se acerque a él.
En un fútbol que muchos lo entienden como una cuestión de ritmos, unos por lento y controlado, otros por vertiginoso y atropellado, el argentino sabe darle siempre el toque preciso, sabe tomar decisiones y lo más importante, sabe tomarlas de manera adecuada. Todo en este deporte lleva un orden establecido, todo hoy en día es producto de la táctica y de la pizarra, todo, hasta que la pelota llega a los pies de Messi y entonces se crea un nuevo orden, un orden en el que llegas a pensar lo sencillo que puede llegar a ser el fútbol y lo escasamente sencillo que le resulta a la mayoría de los jugadores; toca cuando hay que tocar, centra cuando hay que centrar, regatea cuando se necesita hacerlo y aparece en el área para resolver cuando el equipo le pide a gritos que resuelva. En este escenario no sabes nunca si va a arrancar o va a frenarse, si la pasa o regatea, si amaga o dispara; un enorme laberinto hasta lograr que la lógica se convierta en algo extraordinariamente dañino para el rival.
Así es Leo Messi en el césped, así se expresa el argentino con la pelota. Uno de los grandes problemas que tiene el futbolista es la enorme distancia entre el cerebro y los pies; no sé si será por un don sobrenatural, por una conjunción de técnica, velocidad e inteligencia o simplemente por su corta estatura, lo único de lo que sí puedo dar fe, es que con Leo Messi nunca las distancias fueron tan cortas hasta conseguir tener el fútbol a sus pies.
@AgCastellote





