Temores y consejos de Rajoy ante Grecia
No hace falta tener síndrome conspirativo para advertir que los gobiernos conservadores de España y Portugal se han destacado, y siguen destacándose, en el acoso al gobierno griego durante las durísimas negociaciones sobre la prolongación de su segundo rescate. Más allá de la posición alemana –que sigue defendiendo a sus bancos, para que recuperen lo que prestaron–, el gobierno español fue de los que más exigieron la aplicación más estricta de las condiciones impuestas en su día a Grecia para concederle dos rescates que no le han rescatado de nada y que le han endeudado mucho más.
Como si temiese que un triunfo de los griegos en esa negociación le hubiese dejado en ridículo, por haber aceptado sin rechistar una política de austeridad que ha castigado, fundamentalmente, a las clases medias y trabajadoras. Y como si temiese –que sí que lo teme– que cualquier mínimo avance del nuevo gobierno griego vaya a darle más alas electorales al nuevo fenómeno político español, Podemos, decidido a romper el juego bipartidista.
El primer ministro griego, Alexis Tsipras, no descubrió nada que no supiéramos, cuando comentó que los gobiernos de España y de Portugal hicieron lo posible para que el gobierno griego se rindiese incondicionalmente ante el Eurogrupo. Quizá se excedió en lo de que también intentaban derribar su gobierno, entre otras razones porque no parece que Rajoy y Pasos Coelho tengan poder suficiente para acometer tal tarea por si solos. Para eso fue necesario algo así como la Unión Europea en pleno, cuando, en noviembre de 2011, la operación de acoso y presión al gobierno del socialista Yorgos Papandreu (entre otras cosas, por pretender someter a referéndum la aceptación de un segundo rescate) culminó con su retirada, para colocar al tecnócrata Lucas Papademos como primer ministro, un “golpe de estado” refrendado por el propio partido socialista (y, naturalmente, por el partido conservador Nueva Democracia, el que había falsificado las cuentas, con el asesoramiento de Goldman Sachs, para entrar en el euro).
No es que el gobierno griego haya salido triunfante de este primer asalto contra los rescates, pero ha conseguido el mínimo necesario para salvar la cara ante sus ciudadanos durante los próximos cuatro meses: no podrá subir el salario mínimo ahora, pero no rebajará más las pensiones; culminará las privatizaciones en marcha, pero suspende el resto de las que estaban previstas; acepta una reforma laboral que debilita la negociación colectiva, pero hará una reforma fiscal progresiva y combatirá más intensamente la evasión de impuestos, y, sobre todo, ha conseguido que el superávit primario (las cuentas públicas sin contar los pagos de la deuda) baje del 4,5 por ciento que se le exigía en el rescate a un 1,5 por ciento. La verdadera batalla se planteará dentro de cuatro meses, cuando haya que negociar un nuevo acuerdo de financiación, que el nuevo gobierno griego no quiere que revista la forma de rescate, y sobre el que el ministro español de Economía –como para no desmentir que el gobierno español sigue conspirando– ya se ha apresurado a calificar de rescate e incluso le ha puesto cifras.
Lo que resulta verdaderamente sarcástico –por no decir patético, que tanto le gusta como insulto al presidente de gobierno– es que, en su reacción a las acusaciones de Tsipras, a Rajoy se le haya ocurrido aconsejarle al primer ministro griego que no haga promesas que no puede cumplir. Evidentemente, Rajoy lo sabe por experiencia, aunque no parece, a la vista de sus mensajes eufóricos de recuperación, que muestre la más mínima señal de arrepentimiento.
@jagacinho





