¿Plus de respeto contra la libertad de expresión?
Triste papel el del médico de la prisión donde el bloguero saudí Raif Badawi cumple una condena de diez años de cárcel, a la que se le ha sumado una de mil latigazos, distribuidos a razón de cincuenta cada viernes. La primera tanda se le aplicó el 9 de enero. La segunda tanda, la correspondiente al viernes 16 de enero, se suspendió por recomendación del médico, que, después de examinarlo, consideró que todavía no tenía bien curadas las heridas de la primera tanda de latigazos.
Puede que se trate de una manera disimulada de posponer indefinidamente un castigo que ha escandalizado a la opinión pública y a varios gobiernos de países occidentales que cuentan a Arabia Saudí como su principal aliado –después de Israel– en el inestable Oriente Próximo. Pero, si es sólo la aplicación estricta de un reglamento, resulta triste el papel de un médico dedicado a mantener a su paciente en el estado de salud necesario para que siga siendo torturado. No es más triste que el del resto de cómplices de esta salvajada (policías, jueces y el resto de autoridades, con su nonagenario rey a la cabeza), pero aporta la paradoja de ser un profesional dedicado a combatir el dolor y la muerte hasta donde sus recursos y su capacidad le permiten.
Recuerdo que Badawi está condenado por el delito de abrir en su blog un debate sobre religión, algo que las leyes de su país consideran una falta de respeto al Islam, una grave falta, merecedora de un castigo tan brutal. Su abogado, Waleed Abu Jair, un activista de los derechos humanos, también ha sido condenado: quince años de prisión por deslealtad al gobierno, ofensa al poder judicial y asociación ilícita.
Amnistía Internacional y otras organizaciones internacionales de defensa de los derechos humanos desarrollan una intensa actividad de presión, naturalmente pacífica (manifestaciones y recogidas de firmas), con la esperanza de que, si no el gobierno saudí, por lo menos sus amigos de Occidente sientan un mínimo rubor ante estos castigos medievales aplicados en el siglo XXI, en contra de todas las declaraciones universales y convenciones internacionales que condenan la tortura y los castigos corporales. Y en aplicación de unas leyes que impiden la libertad de expresión, otro principio básico consagrado en esas mismas declaraciones universales.
En los países musulmanes, de momento, los que parecen movilizarse con más facilidad son los grupos islámicos más reaccionarios, contrarios a la libertad de expresión, y que han aprovechado el atentado terrorista en París para sacar a sus bases a la calle e incendiar iglesias cristianas, paradójicamente para protestar por unas caricaturas realizadas por dibujantes ateos (que, por cierto, nunca insultaron a Mahoma y ridiculizaron por igual actitudes criticables de las tres religiones monoteístas).
La matanza en el semanario satírico francés Charlie Hebdo levantó una justa ola de indignación y movilizaciones ciudadanas en todo el mundo occidental, aunque haya habido un reflujo a cargo de voces consideradas autorizadas y responsables que piden respeto hacia las religiones, como una crítica sutil a supuestos excesos en la libertad de expresión. Sería interesante que esas mismas voces analizaran el caso de Badawi –como el del bloguero iraní Soheil Arabi, pendiente de ser ejecutado por motivos parecidos– y nos explicaran dónde empieza la falta de respeto a la religión y a partir de dónde se justifica la tiranía y la crueldad de los supuestos defensores de la religión (terroristas o gobernantes).
Triste papel el de líderes espirituales respetables que no reparten equitativamente los niveles de respeto y exigen un plus especial para quienes, históricamente, no han respetado la libertad y la dignidad humanas.
@jagacinho





