Cenicientas descalzas

LAS COSAS COMO SON
Agustín Castellote

Le llamaron para decirle que lo había conseguido, que las puertas se le habían abierto de par en par y que la Tierra Prometida, esa con la que tantas veces soñó, de la que tantas veces habló y se ilusionó con sus amigos de la infancia y por la que tanto y tanto lloró, era una realidad. 

Y allí estaba él, Younousse Diop, senegalés, 20 años, firmando un contrato profesional con un club de fútbol, Tenerife; un contrato que le permitía tener una casa, comprarse su propia ropa, llamar por teléfono a su familia y dejar de ser un apátrida de la historia para convertir en nombre y apellidos lo que hasta entonces tan sólo fue un número. 

En agosto de 2006 un niño con apenas 12 años se embarcó, en algún lugar de la costa africana, en un viejo y destartalado cayuco, atestado de personas; el niño estaba cargado de miedo y ansiedad, pero con los ojos clavados en el horizonte. Seguramente fueron sus padres los que le llevaron hasta allí, los que le despidieron entre lágrimas y los que pagaron una buena cantidad de dinero para que mafias despiadadas, que trafican con los sueños de la desesperación, les otorgaran billete en alguna de las rutas de esperanza y óbito, intentando huir de un infierno cierto y en busca de falsos paraísos. 

¿Quién sabe lo que Younousse debió pasar en tantas noches a la deriva en medio del Atlántico, confiando en el buen tiempo y la luna llena, sin comida ni bebida, entre el silencio de la profunda oscuridad, solo roto cuando, por esos milagros de la vida, la vieja patera alcanzaba una inhóspita cala, y unas manchas negras, ahítos de agua salada, sin más equipaje que un hatillo de ropa vieja envuelta en bolsas de basura, se lanzaban como posesos a tierra firme, tras haberle ganado la partida a la muerte. 

Una historia más, de las muchas que se repiten cada día y de las que algunas se pueden contar y otras muchas se pierden en el fondo del océano. Semillas que el mar arrastra, mientras los políticos se pelean por ver qué se puede hacer para frenarles para devolverlos a sus infiernos, sin querer darse cuenta que ninguna ley les hará desistir para escapar de la miseria y que no hay muro capaz de oponerse al sueño de una vida mejor. 

Luego vino su paso por el centro de menores de Tegueste, la posibilidad de ser trasladado a la Península, la inestimable ayuda de Aldeas Infantiles y ese fino ojeador tinerfeño que entendió que aquel niño de la nada podía tener un futuro. 

Seguro que Younousse ya les ha contado a su familia y amigos en Senegal que todo le sonríe, que se le abren las puertas y que hay vida detrás de la miseria, esa historia de Cenicienta con zapatos de cristal que hará que muchos más lo intenten cada día; pero seguramente Younousse no les contó la otra parte del cuento, la del miedo, la de la desesperación, la de la profunda oscuridad y el ruido asesino del mar embravecido, la de Cenicienta descalza y con los pies ensangrentados. Esa que hará  que muchos que los que lo intentan terminen siendo un número en el frío y dramático recuento de víctimas. 

Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir juntos como hermanos”  (Martín Luther King )

@Agcastellote

 

 

España

(C) El Diario Fénix 2011        Contacto:  [email protected]