Chantaje patriótico de grandes fortunas
Posturas como las de Bernard Arnault, dueño del grupo Louis Vuitton Moët Hennessy (el gran complejo de la industria del lujo) y considerado el cuarto hombre más rico del mundo, o del actor Gerard Depardieu, que trasladan su residencia a Bélgica e incluso piden la nacionalidad belga para huir de la intención del actual gobierno francés de gravar con un 75 por ciento las grandes fortunas durante dos años, vienen a ilustrar los mecanismos de chantaje que pueden poner en funcionamiento, directa o indirectamente, los miembros de la elite económica para no perder sus niveles de superioridad.
El movimiento Occupy Wall Street (equivalente neoyorquino al 15-M español) acuñó el lema “Somos el 99 por ciento”, como referencia a los brutales niveles de desigualdad de la sociedad norteamericana. Ese 1 por ciento restante, según datos de 2011, controla el 40 por ciento de la riqueza de Estados Unidos y, como consecuencia, influye poderosamente en las decisiones políticas y económicas, como bien está comprobando el presidente Obama en su batalla para no caer en el abismo fiscal. Una batalla que se libra, principalmente, en torno a la posibilidad de recuperar el nivel de impuestos que George W. Bush redujo en su día a las personas con mayores ingresos.
En Francia la concentración no es tan acusada (el 10 por ciento de la población posee más del 60 por ciento de la riqueza) e incluso algunos grandes empresarios se mostraban dispuestos a aceptar una mayor contribución de las grandes fortunas, como medida de emergencia contra la crisis. Bien es verdad que esa voluntad se expresó mientras Nicolas Sarkozy era presidente (¿intuían que no se lo iba a tomar en serio?) y se ha enfriado con la llegada a la presidencia del socialista François Hollande, quizá porque los incrementos contemplados por éste superen aquella buena voluntad inicial.
El caso es que, ante ese sacrificio temporal que se les quiere imponer, algunos de los grandes multimillonarios franceses no dudan en arriar su sentido patriótico y aprovecharse de la descoordinación fiscal entre los países de la Unión Europea para poner a salvo su dinero. Todavía hay que reconocerles que lo hacen abiertamente y utilizando cauces perfectamente legales. En España, en cambio, además de los casos de deportistas o cantantes residentes en paraísos fiscales más o menos explícitos, se van conociendo casos de defraudación pura y dura, por la vía de quiebras fraudulentas o de evasión de capitales mediante servicios irregulares (o totalmente ilegales) de alguna mafia extranjera (china, por ejemplo).
En los primeros tiempos de las democracias liberales (en Estados Unidos y Francia, por ejemplo), a finales del siglo XVIII y durante el XIX, predominaba el llamado sufragio censitario: sólo votaban hombres de una determinada edad (desde 25 ó 30 años) y con un determinado nivel de renta y de instrucción. El sufragio universal (incluyendo hombres y mujeres, sin condiciones de renta ni de instrucción) no empezó a extenderse hasta el primer tercio del siglo XX y en algunos casos no llegó hasta la segunda mitad de ese siglo (en Estados Unidos no se implantó completamente hasta 1965, cuando la ley de derechos civiles garantizó el voto de los negros en varios estados del sur).
Aquel sufragio censitario del siglo XIX discriminaba, evidentemente, a la mayoría de la población de los países considerados democráticos. En estos tiempos, sin embargo, quizá no fuera tan discriminatorio establecer la obligación de pagar impuestos para tener derecho al voto. Quedaría sin sufragio esa minoría que suele presumir de patriotismo, pero que hace todo lo posible para no contribuir al sostenimiento de la patria. Y se permiten chantajear al estado con la fuerza de los movimientos de su capital.





