Coincidencias de dolor y odio en el país de las armas

El plumilla errante
José A. Gaciño

Por una parte, se presenta un proyecto de ley consensuado para regularizar la situación de once millones de inmigrantes sin papeles. Por otra, la ley sobre el control de armas (las que se venden a particulares en supermercados y tiendas del ramo) sufre su primera derrota en el Senado. Paralelamente, estallan unas bombas en la meta de la maratón de Boston y envían cartas con una sustancia tóxica a un congresista republicano y al mismísimo presidente de Estados Unidos. Se puede añadir una terrible explosión en una planta de fertilizantes en Texas.

Coincidencias de fechas entre actividades parlamentarias destacadas y catástrofes criminales o accidentales. En un país tan extenso y tan diverso, no tienen por qué resultar extrañas las coincidencias. Y aunque todos, automáticamente, hayamos recordado la tragedia del 11 de septiembre de 2001 como la referencia de ataque terrorista por antonomasia en territorio norteamericano, la verdad es que hay numerosos antecedentes de acciones terroristas individuales, la mayor parte de ellas perpetradas por ciudadanos estadounidenses con una particular visión de las esencias de su país (de extrema derecha, vamos).

Y no olvidemos las matanzas que, de vez en cuando, el descerebrado de turno lleva a cabo en un colegio, un cine o un centro comercial. De vez en cuando, pero con la suficiente frecuencia como para inspirar un proyecto de ley de control de armas, de acuerdo con la preocupación de la mayoría de la población (según las encuestas), pero no de la mayoría de congresistas y senadores, que prefieren la libre circulación de pistolas, rifles y otros artefactos de mayor alcance, a medias entre el apoyo a la industria que los fabrica y el odio que profesan al primer presidente negro de su país (a medias, a su vez, entre la aversión a su raza y el desacuerdo con sus pretensiones keynesianas de controlar la crisis sin restringir el gasto público).

Se pueden añadir más coincidencias. Entre los nacidos en Estados Unidos de julio de 2010 a julio de 2011, el 49,6 por ciento eran blancos puros (los denominados caucásicos, de origen europeo). Por primera vez en su historia, fueron mayoría los nacidos “no blancos” (negros, hispanos y asiáticos). Los que juegan a las predicciones estadísticas calculan que en 2042 los blancos serán menos de la mitad de la población total estadounidense. Quizá algunos empiezan a resistirse a la decadencia.

En las últimas elecciones presidenciales, ya se empezaron a notar las nuevas tendencias demográficas: los votos hispanos y afroamericanos fueron decisivos para la reelección de Obama (junto a las mujeres y los jóvenes). Como se notan en los grupos parlamentarios demócratas, entre los que los hombres blancos son minoría (todo lo contrario que en las filas republicanas, donde son abrumadora mayoría).  

Sin embargo, pesan mucho todavía esos hombres blancos que pretenden representar las esencias de la identidad estadounidense. Por eso, el proyecto de ley sobre inmigración contiene tantos obstáculos para que esos once millones de indocumentados consigan sus papeles, como única manera de que los republicanos, presionados por su extrema derecha fundamentalista, le presten apoyo. En un país formado históricamente por inmigrantes (que exterminaron o redujeron a la marginalidad a la población autóctona), parece que algunos quieren echar el cierre. Y bloquean –pura coincidencia– otro proyecto de ley, el de control de la venta de armas, que algunos consideran otro ataque a las esencias identitarias.  

Rifles o bombas, matanzas espontáneas o crímenes organizados, cartas tóxicas o vallas electrificadas en la frontera. Coincidencias de agresividades variadas contra un país que, pese a todas las intransigencias promovidas desde arriba o desde abajo, también ha conseguido la coincidencia de mantener espacios de diversidad y libre convivencia.

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