Copas y Copa

LAS COSAS COMO SON
Agustín Castellote

¿Existe alguna posibilidad de que algún día un equipo de regional gane y elimine al Real Madrid en el Bernabéu? ¿Han pensado como sería que un equipo de tercera venciera en el Nou Camp y apeara al Barcelona de una competición oficial? 

Pues es justo lo que acaba de ocurrir en Inglaterra en el torneo futbolístico más antiguo y seguramente el que goza de un mayor prestigio dentro y fuera de la isla, la Copa inglesa o FA Cup. 

Las derrotas de los poderosos Chelsea en Stanford Bridge frente al club de tercera división Bradford y del no menos influyente Manchester City en el Ethiad Stadium ante el Middlesbrough de segunda división, unidos al empate del millonario Manchester United ante el Cambridge de la cuarta división, que le llevará al replay para decidir quién se clasifica; han supuesto una auténtica revolución, un estallido de sorpresa e ilusión a la vez que certifica la buena salud y la gran dimensión de este deporte cuando el respeto al fútbol, al aficionado y a la propia competición se antepone al negocio y la especulación. Esta es otra forma, mucho más natural, mucho más coherente de ofrecer espectáculo a través de la pelota, fútbol en estado puro, que permite forjar mil y una ilusión independientemente de la categoría en la que te encuentres, mirar a los ojos al rival, por poderoso que sea y donde la palabra imposible no existe, donde los sueños se hacen realidad, sin necesidad de que nadie te escriba el guión, te diga lo que tiene que pasar, para seguir alimentando una gallina cada vez con menos huevos de oro. 

Estadios completamente llenos, partidos convertidos en trampas para los grandes y una competición considerada como la más bonita de cuantas se disputan en el mundo, contrastan con una Copa del Rey en España cada vez más pobre, más desasistida y ajena a la demanda y a la historia que de ella se recuerda. Un formato anticuado e instalado en un absurdo inmovilismo, unos ambientes inhóspitos, producto de horarios impresentables que alejan a los jóvenes de los estadios y que han llevado en la ronda de dieciseisavos de final a cubrir solo un 35%de los aforos y la poca tensión competitiva en la certeza de estar ante un elemento perturbador en el calendario, de gran desgaste, que sólo es rentable, económica y deportivamente, para el campeón, unido todo al sorteo anticipado de las eliminatorias, han llevado a acabar con toda la magia y emoción que un día, y no hace mucho, tuvo la competición. 

Uno no puede por más que sentir envidia sana por las cosas bien hechas, por el sentido del deporte y el respeto a la historia, uno no puede por más que sospechar una burda manipulación y un intento maléfico de sacar a la gente de los estadios para abocarlos al negocio de pagar por ver el fútbol por televisión, de condenar a los modestos al ostracismo, de aumentar la distancia entre ricos y pobres y menospreciar la competencia en aras de llenar las arcas vaciando los bolsillos. 

Hubo un tiempo donde el Alcorcón eliminó al Real Madrid, el Novelda al Barca, al Valencia, Atlético de Madrid, etc. Donde a los pequeños se les permitía soñar, donde las noches de radio eran un grandísimo espectáculo; hoy todo esto es impensable en una competición cerrada y dirigida, una competición muerta por inanición y que aparece entre semana de soslayo. 

No, no se trata de quitar protagonismo a los poderosos para dárselo a los débiles, de fomentar el triunfo de los pequeños sobre los grandes, se trata simplemente de que tengan una oportunidad; encontrar estímulos que ilusionen a los clubes y los aficionados, ver de nuevo las gradas llenas y al público identificado, de devolver a la Copa y al fútbol todo lo que le han quitado. 

 

@AgCastellote

España

(C) El Diario Fénix 2011        Contacto:  [email protected]