Credibilidad, veracidad y verdad
Credibilidad es la cualidad de lo creíble. Esto supone que quien nos comunica puede, o merece, ser creído.
En la Comunicación Pública, la Source Credibility, o credibilidad de la fuente, se centra en la credibilidad de los oradores y sus efectos sobre la persuasión. El propósito fundamental de la comunicación es ése. En esa línea, la Media Credibility, o credibilidad del medio, también se pone de manifiesto en la difusión de los mensajes.
Por ello, la credibilidad institucional de la organización y los portavoces que producen información, y el "procesamiento" que de ella realizan los medios de comunicación, constituyen, sin duda, una de las claves de su consistencia. Entendiendo por consistencia, a la solidez de la argumentación emitida y a la credibilidad de la fuente originaria.
El control, o la capacidad de influir sobre ese "procesamiento" de los mensajes, para "producir opinión publicada" que este gobierno ha construido a través de medios directos e indirectos, tal vez deba incluirse como factor determinante en este análisis. Me atrevo a concluir que esta situación de fiscalización no se dio desde el advenimiento de la democracia en España.
La Sociedad Civil confía cada vez menos en las funciones democráticas y sociales del periodismo. La perversión por complicidad, en la que una amplia parte de la profesión ha incurrido, ha terminado afectando la credibilidad de los mensajes.
El indicador del retroceso en el número de lectores de los medios de prensa tradicionales en favor de la denominada "prensa independiente", resulta evidente. No solamente están sobreviviendo económicamente, sino que, además, el número de lectores se incrementa oleada a oleada.
El intento que desde el poder se ejerce, en el sentido de descalificar la independencia de las Redes Sociales, es una manifestación de la impotencia que tiene, en su pretensión de control absoluto.
La sucesión de desatinos comunicativos que se sucedieron desde el inicio de la legislatura es innumerable. Desde la directa alteración de los datos de la realidad, hasta la lectura de comunicados vía plasma, producidos en una sala contigua, que no desde un lejano frente de batalla en una zona de conflicto. Pensándolo bien, eso hubiese amortiguado lo esperpéntico del modo.
En los mensajes, tanto periodísticos como institucionales, deben diferenciarse los informativos de los de opinión. Estos últimos, son indeseables cuando de fuentes oficiales se trata. Fundamentalmente, porque lo que los ciudadanos reclaman de sus autoridades y de los cargos elegidos son relatos de los hechos derivados de una gestión. Hechos no opiniones.
Es obvio que la credibilidad informativa se diluye en las disputas partidarias. En los debates de baja estofa. En las riñas de contrincantes mediocres. Desde la historia del parlamentarismo las bancadas ofrecieron ejemplos de oratoria que ennoblecieron el recinto. No es el caso en la actualidad. Esos modos se vuelven inquietantes para el conjunto ciudadano. Produce desconfianza, la antesala de la pérdida de credibilidad.
Revisemos lo acontecido en las cuestiones de corrupción. En las argumentaciones para justificar las decisiones acerca de los recortes. En las justificaciones sobre las turbias relaciones entre economía y política. Penoso. En algunos casos, tabernario.
Aunque, y no por ello menos significativa, nos queda la mentira como ingrediente de los mensajes. Las hemerotecas y videotecas están repletas de ejemplos en esta dirección. “Se fuerte Luis”.
Todo lo expuesto nos lleva a plantearnos que, cuando alguien nos dice algo, si no hubiese situaciones turbias mediante, normalmente le otorgaríamos credibilidad. Confiaríamos en lo que nos trasmite.
Esto se basa en que las personas, que mayoritariamente son sinceras, honestas y francas, toman como referencia la idea de veracidad y, al mismo tiempo, evitan la falsedad, la mentira o la hipocresía. Ello significaría que creemos en la buena fe de las palabras, en la veracidad de las mismas, pero terminamos acudiendo a los hechos para confirmar o desmentirlas.
Veracidad es un término cuyo significado nos puede dar más elementos de juicio. La veracidad como actitud implica que aquello que se supone que es verdadero lo es de manera presunta. Como bien se conoce, una actitud es una predisposición a actuar tanto favorable como desfavorablemente en relación a una cuestión determinada. Ello implica que se puede estar equivocado por algún motivo.
Los relativistas sostienen que hay que tener en cuenta que la verdad no es algo absoluto. En materia de fe, por ejemplo, para los creyentes, todo lo que atente contra sus valores identitarios tiene un carácter relativo. Es decir, lo que para unos es cierto para otros no lo es. Recuerdo una columna anterior acerca de las lealtades y la función pública o representativa.
En consecuencia, si la veracidad es el anhelo de alcanzar aquello que, en principio, es cierto, entonces, en este punto parecen concentrarse los portavoces gubernamentales para defender su gestión. Desde allí, los representantes sociales, políticos y económicos pugnan cotidianamente por lograr primero la veracidad y, luego, confirmar la verdad de sus mensajes. ¿O no?
Luego, recordamos el pensamiento que decía: "No dejes que la realidad te arruine una buena noticia". También debemos concluir que, este axioma periodístico, suele ser muy utilizado por los generadores de información.
Si "contar la verdad" es exigible a los generadores de información, entonces debemos requerir que dicho relato sea pleno. Lo contrario puede contener la "verdad parcial" o la "mentira encubierta".
Es allí donde la credibilidad de esa fuente juega un papel determinante. Puede que en un mensaje sea cierto todo lo que está contando la fuente, pero puede parecer, además, que hay una parte que no se está contando. El periodismo como entrevistador se juega su credibilidad cuando elude las repreguntas, o la exposición de los hechos que contradicen las afirmaciones poco veraces o parciales.
Por tanto, a juzgar la sucesión de episodios en los que se ha visto involucrado innecesariamente, o temerariamente, el señor Fernandez Díaz, en su desempeño como ministro. El nivel de su credibilidad no ha estado en un valor tal, como para resistir la comparecencia ante la comisión del Congreso, dando explicaciones de los motivos de su entrevista con el señor Rodrigo Rato.
Lo único que pareció confirmar es que el encuentro se celebró en un lugar, en una fecha y en una hora. Tal vez, porque la realidad termina imponiéndose, como en el asunto de la valla de Melilla, y deja en evidencia la consistencia parcial de la información original.
Para entonces, en la mayoría de los casos, el fin pudo haberse logrado y la Verdad desaparecer en la niebla de la memoria colectiva.
No permitas que la Mentira prevalezca. En ningún caso.
@reseneka
Foto: EL CONFIDENCIAL






