Desbordada la ley del talión en Palestina
Aunque ahora nos parezca una expresión terrible, el principio del ojo por ojo y diente por diente –recogido en la mismísima Biblia, entre los abruptos textos del Antiguo Testamento– significó en su momento un avance hacia un cierto equilibrio en la aplicación de la justicia, un paso hacia la proporcionalidad entre la pena impuesta y el delito cometido. Lo terrible es que ahora, unos tres mil setecientos años después de que la ley del talión apareciese en el Código de Hammurabi, sigan registrándose acciones de castigo absolutamente desproporcionadas y por parte de Estados dotados de estructuras e instituciones teóricamente democráticas.
Ya se conformarían los palestinos –y concretamente los que viven en esa especie de campo de concentración conocido como Gaza– con que los gobernantes de extrema derecha que marcan actualmente el rumbo del estado israelí respetasen el “ojo por ojo, diente por diente” de la ley mosaica. No llevarían (en el momento en que escribo) nueve días soportando bombardeos selectivos del ejército israelí, que ya se llevan cobradas unas setenta vidas de gazatíes por cada uno de los tres adolescentes israelíes brutalmente asesinados en uno de esos arranques de violencia a los que parece llevar la desesperación de un pueblo ocupado o los irresponsables cálculos de activistas que buscan salidas por los peores caminos. Y peores, además, tanto en su aspecto moral como en su aspecto práctico (si es que se puede considerar práctica la capacidad de matar). La desproporción de la represalia por tres asesinatos se mantiene en la comparación entre la efectividad de los bombardeos israelíes (más de doscientos muertos en nueve días) con los lanzamientos de cohetes de Hamás (sólo una víctima mortal en el mismo tiempo).
En noviembre se cumplirán 67 años del acuerdo de la asamblea general de las Naciones Unidas que establecía la partición de Palestina en dos estados (uno
judío y otro árabe) y una zona bajo control internacional (los llamados santos lugares: Jerusalén y Belén). El acuerdo no satisfizo ni a judíos ni a árabes, pero los primeros lo aceptaron y proclamaron el estado de Israel el 15 de mayo de 1948, incluso aprovechando el rechazo total de los árabes para apropiarse de más territorio del que marcaba la ONU. Desde entonces, dura este conflicto, que se ha traducido en varias guerras de los israelíes con sus vecinos árabes, en una resistencia palestina en la que no han faltado acciones terroristas (con respuestas de represalias masivas) y en esporádicos intentos de negociación continuamente frustrados por los boicoteos de los extremistas de una y otra parte.
El último rayo de esperanza se produjo en 1993 con los acuerdos de Oslo, suscritos por Arafat y Rabin (que fue asesinado por un fundamentalista judío en 1995), que abrían el camino para la constitución de un Estado palestino en 1999, pero que no ha pasado de la constitución de una provisional Autoridad Palestina con una jurisdicción muy limitada sobre un territorio dividido y bloqueado. El electorado israelí se ha ido inclinando cada vez más hacia la derecha y hacia los partidos religiosos (es decir, alejándose cada vez más del diálogo), mientras, entre los palestinos, han ido ganando votos los islamistas de Hamás frente a una OLP laica enfangada en la corrupción.
En esta degradación de liderazgo político y de insensibilidad humana, donde el Código de Hammurabi podría volver a ser un progreso, el panorama es desolador, con las sociedades civiles sometidas a un castigo indiscriminado (naturalmente con mucha ventaja para los ciudadanos israelíes, dotados de mejores detectores de misiles y de mejores refugios contra impactos), en medio de la impotencia de las Naciones Unidas y de la hipocresía acumulada de las potencias de Oriente y Occidente.
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