El Atleti firma la paz en Turín
Unos equipos nacen grandes y otros, se hacen. El dios del fútbol creó a la Juventus con virtud porque alguien tenía que marcar la pauta de este deporte en Italia. El Atlético, en cambio, es de los segundos: tuvo que abrazar el cholismo para conocer la gloria. Sin embargo, los turineses, acabaron suplicando clemencia a los colchoneros, que marcaron el ritmo del partido en todo momento. Accedieron a perdonarles la vida; el empate a cero satisfacía a los dos.
El partido era una gran final. Para el Atleti, porque se jugaba ser primero de grupo y evitar, a priori, a los cocos en la siguiente ronda. Para la Juve, porque se jugaba la vida. El mejor equipo de Italia, clarísimo dominador del Calcio en los últimos años, no podía permitirse un descalabro como el de la temporada pasada: primero se quedó fuera a las primeras de cambio, y luego vio por la tele cómo el Sevilla se proclamaba campeón en su propio estadio.
Por eso que era una final, sorprendió que Simeone se la jugara con la carta de Mario Suárez en el medio. En el banquillo había dos jugadores que han jugado más minutos que él esta temporada, como Tiago y Saúl; en el campo, un futbolista falto de cariño y sobrado de rabia para demostrarle a su técnico que se equivoca. Tendrá que, al menos, volver a planteárselo el Cholo, porque Mario respondió muy bien. Fue el tapón para el efervescente talento de Pirlo, el único que se atrevió a proponer algo distinto a la brega en clave bianconera.
El partido pudo acabar de manera bien distinta si el Atleti hubiera concretado sus opciones. En los primeros compases, Koke se plantó en el área y entre Buffon y el palo se vieron apurados para sacar la pelota. Más tarde volvería a resonar la madera en el Juventus Stadium. A Gabi se le ocurrió la diablura de lanzar un córner directo a portería y estuvo a un tris de marcar el gol de la jornada. El vivo ejemplo de que este Atleti, con un banderín cerca, se atreve a todo.
También tuvo que apretar los dientes el Atlético durante la batalla de Turín. Sobre todo, cuando a la Juventus le comió el remordimiento de jugar al fútbol. Pogba quiso poner el grupo patas arriba, pero su potente disparo se topó con la esbelta figura de Moyà. El portero del Atleti, sin hacer ruido, está completando una temporada fantástica. En la Champions en especial: ha jugado cinco partidos –la derrota de El Pireo la jugó Oblak– y no ha encajado ningún gol. Es el único guardameta que puede presumir de imbatibilidad. Fue, junto a un imperial Godín y un correcto Giménez, el candado que permitió a los colchoneros amarrar la cabeza del grupo.
El partido acabó con una imagen pésima porque a la Juve le entró el pánico: lo abrazaron los fantasmas. Y eso que el Atlético, hacia el final, ya se conformaba con el empate. Pero el Olympiacos ganaba al Malmöe, y una mala broma colchonera los podía eliminar. Así que, sin pudor alguno, se dedicaron a mover el balón en su campo con parsimonia, deseando que el árbitro pitase el final mientras el que pitaba, era su público. Y el Atleti, inofensivo, esperaba en la línea central. El resultado era muy bueno para los dos. Fue el Tratado de Turín.
Pero la imagen, aunque cargada de un exagerado patetismo, dejó a la vista una gran verdad. Mientras la Juventus suplicaba clemencia a los colchoneros, confirmaba las sospechas. El escudo del Atleti, a día de hoy, pesa más que el de la Juve en Europa. Y ya espera rival en los octavos de final.






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