El blocao

Los últimos libros
Antonio Castillo

José Díaz-Fernández realizó tareas de prensa en Barcelona durante la Guerra Civil y, antes de que los golpistas entraran en la ciudad, cruzó la frontera francesa con su mujer y su pequeña hija. Los metieron en un campo de concentración y después se instalaron en Toulouse, donde esperaron en vano los pasajes que debían conducirles a Cuba. El escritor murió en 1941 y sus amigos tuvieron que hacer una colecta para enterrarle.

Es sorprendente que El blocao no sea más popular e, incluso, que no figure en los planes de estudio. Su publicación en 1928 fue un pequeño acontecimiento que se trocó en silencio en las décadas siguientes, refractarias por lo general a una literatura que aunaba modernidad y crítica social. Leída hoy, cuando las editoriales recuerdan el aniversario de la  Primera Guerra Mundial, llama la atención la sutileza con que Díaz-Fernández destapa las heridas incurables que los conflictos bélicos –en este caso el de Marruecos– dejan en la piel de quienes portan las armas, hasta el punto de considerar que tan dignos de lástima son los supervivientes, que llama «cadáveres verticales», como los muertos. «Se sobrevive a la guerra pero se pierde el sentido de la vida», afirmó.

La realidad claustrofóbica del blocao no se teje con gestas, sino con puntadas de tedio que solo el correo y los naipes tuercen. Mientras se preguntan qué pintan allí y sueñan con el relevo, los soldados sufren las iras de oficiales incompetentes que, al asumir la disciplina como un mandato divino, deshumanizan aún más un ámbito en el que no hay rastro de eso que llaman «honor militar».

Díaz-Fernández nació en 1898 en un pueblo salmantino pero se crio en Asturias. Dio sus primeros pasos como periodista en el diario gijonés El Noroeste y en 1921 fue llamado a filas. Pasó un año en Marruecos, en pleno conflicto colonial. «No sentía ningún interés por lo que llamaban nuestro problema de África», confesó mucho después.

A su regreso a España entra en la plantilla de El Sol, el diario de Ortega, lo que le abre las puertas de una vida cultural madrileña agitada por nuevos intelectuales curtidos en la lucha contra la dictadura de Primo de Rivera y dispuestos a «no privar a la política de la magna ayuda de las letras». En 1931 es elegido diputado por Asturias e ingresa en el cuerpo legislativo de la República.  En los años siguientes funda revistas, colabora en periódicos como Crisol, Luz y El Liberal y apoya a Azaña mientras avanza el runrún helador de la guerra que ha combatido en sus escritos.

¿Es El blocao una novela? Al náufrago le cuesta reconocerla como tal pese a que los siete episodios que la integran, que pueden leerse de manera independiente, comparten espacio narrativo: la realidad asfixiante de la guerra marroquí. Esa estructura, vanguardista en su época, es uno de los hallazgos literarios que ha permitido que el libro siga vigente, pero también el lenguaje, que atrapa al lector con su pureza, y por supuesto el virtuosismo casi chejoviano con que Díaz-Fernández despliega la acción.

Que esta obra que dialoga lúcidamente con fuerzas ocultas –el amor, la muerte, la belleza– que, desde el inicio de los tiempos, agitan al hombre (y al arte) anticipe otras igualmente magistrales de Remarque o Mailer debería acicatear a los lectores para sumergirse en ella.José Díaz-Fernández

El náufrago no olvida a Villabona, el gañán de «El reloj»,  que recibe con aparente serenidad la noticia de que su mujer ha dado a luz un hijo que no puede ser suyo pero que llora amargamente la pérdida de su magnífico reloj; ni a la misteriosa Aíxa de «Cita en la huerta», que parece sacada de un cuento de Las mil y una noches; ni a Angustias y Arnedo, los protagonistas de «Magdalena roja», pieza central del libro, que tras abrazar el anarquismo se debaten entre la teoría y la praxis de la revolución. Pero es quizá en «Reo de muerte» y en «Convoy de amor», los dos últimos relatos, donde mejor se aprecia el oficio de un autor arremangado en un crescendo final inolvidable.

Me habla el náufrago de sus caminatas vespertinas por el parque del Retiro. Ya no pregunta a los que forman larguísimas colas: sabe que esperan la firma de un presentador de televisión que ha descubierto la novela histórica, o de una habitual de la prensa rosa que ha publicado sus memorias, o de una periodista de derechas –se excusa por el pleonasmo– que airea las maniobras de la progresía. Nadie se acordará de ellos dentro de un año.

Quizás Díaz-Fernández recorrió también estos pagos en 1928 o 1929 con un ejemplar de El blocao en un bolsillo del abrigo, feliz por el éxito de esa Novela de la guerra marroquí que en breve iba a traducirse al alemán, al francés y al inglés. No podía imaginar entonces que el maldito demonio que creía haber exorcizado iba a llamar a las puertas de España poco después, ni que acabaría en un campo de concentración francés, ni que esperaría en vano un barco con destino a Cuba. Modesto como era, tampoco intuiría que todavía hoy hablaríamos de él.

 

El blocao (Ediciones del Viento, 2013; Viamonte, 1998; Turner, 1976)

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