El caudillo de los pobres
En su último tuit (del pasado 18 de febrero) se decía: “Sigo aferrado a Cristo y confiado en mis médicos y enfermeras”. La sucesión de misas y rogativas públicas por su curación es una faceta que sus enemigos de la derecha y la extrema derecha cristiana han ignorado a la hora de crucificarle con toda clase de insultos. Cristo, Bolívar y Marx eran sus fuentes de inspiración de Hugo Chávez, según el discurso de su última toma de posesión como presidente de la República de Venezuela (la de 2007, porque esta de ahora ya no la pudo formalizar). Mesianismo, caudillismo y socialismo se mezclaban en su retórica de trazos gruesos, que levantaba tantos entusiasmos en unos (concretamente, en las últimas elecciones presidenciales, en el 55 por ciento de los votantes venezolanos) como rechazos en otros.
Se le acusaba de restringir la democracia, pero su activismo movilizador consiguió que la participación electoral pasase del 50 por ciento, antes de que él ganara las elecciones presidenciales de 1998, a más del 80 por ciento en las últimas convocatorias. Hasta su llegada, los partidos tradicionales se repartían los votos de la mitad, aproximadamente, del electorado, la mitad que acudía a las urnas (con tendencia a disminuir, a medida que la corrupción aumentaba y la economía se hundía). Chávez logró llevar a las urnas a la otra mitad que nunca votaba, que vivía al margen de una política que no contaba con ellos, y que coincidía, más o menos, con la mitad de la población que entraba dentro de la categoría de pobreza. El relevo de votantes le dio el poder y, hasta ahora, lo había venido manteniendo incluso después de que los electores tradicionales hubiesen vuelto a las urnas.
Su discurso revolucionario y antiimperialista, junto con la recuperación del espíritu panamericanista de Simón Bolívar, le convirtió en el líder de una América más o menos alternativa. El petróleo le permitió alimentar su liderazgo con favores energéticos a sus amigos (en primer lugar Cuba, que encontró en la Venezuela chavista el sustituto de la tutela soviética de otros tiempos). Su lucha decidida contra la pobreza y la desigualdad es reconocida incluso por sus enemigos, y sus programas alimentarios, educativos, sanitarios y de viviendas consiguieron que, de un nivel de pobreza del 49,4 por ciento con el que se encontró al llegar a la presidencia, se bajase, en el censo de 2011, al 17,6 por ciento.
Pero la excelencia de sus programas asistenciales, que le han garantizado un apoyo popular innegable, no ha tenido el complemento adecuado en un cambio real de la economía productiva, aunque las numerosas nacionalizaciones hayan intentado demostrar otra cosa. Venezuela sigue dependiendo casi exclusivamente de la producción petrolífera, igual que antes de la revolución bolivariana (incluidas las ventas a Estados Unidos, del que ha seguido siendo el cuarto suministrador de petróleo, aunque Chávez satanizase a sus gobernantes). La diferencia es que ahora la distribución de los beneficios petrolíferos ha servido para mejorar las condiciones de vida de los más desfavorecidos y que hay nuevas élites acumulando nuevas fortunas y nuevas corrupciones (los boliburgueses, como llaman a esa nueva burguesía bolivariana).
Ni su discurso ni su estilo (incluido el chándal elevado a la categoría de uniforme patriótico) encajaban en el modelo de político convencional de las democracias occidentales, que adoptaban cierto aire de superioridad clasista y no sé si racista ante sus modales directos y chabacanos. Pero ese discurso y ese estilo –incluidas las referencias a un Cristo revolucionario– le sirvieron para que los pobres de su tierra y buena parte de los marginados seculares de la América Latina le considerasen uno de los suyos, capaz de plantarle cara a los más poderosos de la tierra. Aunque los más poderosos apenas se hayan visto afectados.





