El hurgón mágico

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Antonio Castillo

Quim Monzó recuerda en el prólogo de El hurgón mágico una divertida cena del verano de 1990 en una taberna barcelonesa. Entre cervezas y gambas, y con el sonido de fondo de un partido de fútbol retransmitido por televisión, los comensales hablaron de esos calzoncillos que, por falta de previsión, todos hemos tenido que comprar alguna vez en un mercadillo o tienda de barrio de una ciudad desconocida.

Con poco donde elegir, se adquieren los que parecen menos horrendos, que desde ese momento descansan en lo más profundo de un cajón del que solo salen en días contados en los que su propietario no piensa, ni por asomo, desnudarse ante otra persona. ¿Pero qué pasa si esa noche se produce un encuentro inesperado que, tras unas copas, concluye en la cama, con el dueño de los calzoncillos probando a sacárselos junto a los pantalones para que la fealdad de la prenda no rompa la excitación del momento?

Uno de los comensales era Robert Coover, el autor de Pricksongs & Descants, cuyo primer relato, «El hurgón mágico», es también uno de los mejores y el que da título a la edición española del libro. Ese instrumento de hierro que, según la RAE, sirve «para remover y atizar la lumbre» es un símbolo en manos del escritor americano, que utiliza formas familiares míticas o históricas (Caperucita Roja, Hansel y Gretel, el arca de Noé) «para combatir el contenido de esas formas y conducir al lector de la magia a la madurez, del misterio a la revelación».

Coover se adentra en un territorio aparentemente trillado, el del cuento infantil o la leyenda popular, que reinterpreta desde su peculiar prisma artístico y convierte en algo original, una propuesta atrevida que requiere la complicidad de quienes se acercan a ella con afán de exprimir su potencial. Como dice Monzó en el prólogo, «no hay nada nuevo que explicar excepto la manera de explicarlo». Coover no oculta las trampas del camino y, de hecho, en varios relatos apela directamente a los lectores para que tomen partido en el juego metaliterario que se ventila y en otros es capaz de ajustarle las cuentas al mismísimo narrador.

Coover nació en Iowa en 1932. Como muchos jóvenes estadounidenses de su generación, sirvió en la Marina y protestó contra la guerra de Vietnam. Después se doctoró en Filología Hispánica y se casó con una española. Adquirió notoriedad con una novela de título desconcertante, The Universal Baseball Association, Inc., J. Henry Waugh, Prop., protagonizada por un tímido contable que crea un juego de béisbol en el que los dados determinan el resultado de los partidos, aunque la crítica aprecia sobre todo su obra cuentística, por la que recibió en 1987 el prestigioso premio Rea.

A finales de los años 60, Coover y otros escritores posmodernos como Barth, Barthelme, Gass, Hawkes o Pynchon iniciaron un debate sobre el futuro de la literatura que todavía hoy no se ha cerrado. Consideraban que, igual que el Quijote abrió nuevos horizontes cuando la fórmula de la novela de caballerías se agotó, era necesario renovar la ficción con la introducción de referentes provenientes de ámbitos como el cine, el cómic, la cultura pop, la publicidad y la televisión, a los que hoy habría que añadir Internet.

El náufrago recuerda el entusiasmo que le produjeron los cuentos de El hurgón mágico, su asombro ante unos textos que lo convertían a él, lector atento, en socio necesario de una empresa creativa emocionante y secreta. Hubiera pagado el dinero que no tiene por asistir a alguna de las clases que Coover impartió durante décadas en diferentes universidades americanas, por oírle hablar de su admirado Cervantes, al que homenajea en los «Siete relatos ejemplares», pieza central del libro. «Nos enseñáis con el ejemplo, Maestro, que las grandes obras narrativas permanecen llenas de sentido a lo largo del tiempo», escribe. Que nadie lo olvide.

 

  El hurgón mágico (Anagrama, 1998). Traducción de Juan Antonio Masoliver Ródenas.

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