El limitado poder de un presidente con esperanzas

EL PLUMILLA ERRANTE
José A. Gaciño

Obsesionado por ofrecer puntos de encuentro a la derecha republicana, que en estos tiempos está más a la derecha de lo normal y apenas se ha molestado en atenderle, el presidente estadounidense, Barack Obama, ha terminado haciendo una política de paños calientes, que sigue sin gustarle a la extrema derecha del Tea Party y que ha decepcionado a los votantes esperanzados que le habían prestado su apoyo. Desmintiendo el voluntarismo de su lema –“we can” (“podemos”)–, cuando le queda algo menos de la mitad de su segundo y último mandato, el balance de su gestión parece encaminado a demostrar que todo un presidente de Estados Unidos tiene también sus limitaciones a la hora de gobernar.

Es bastante habitual que el presidente estadounidense tenga que enfrentarse a mayorías parlamentarias (en una o en las dos cámaras) de orientación política diferente a la suya. Tampoco esas orientaciones están claras en cada una de los dos partidos principales (y prácticamente únicos en el ámbito federal), de manera que no siempre es fácil controlar ni siquiera al propio grupo (los demócratas más a la derecha se solapan con los republicanos más moderados).

Todo eso configura un espacio político en el que el poder ejecutivo debe estar negociando continuamente con los grupos del poder legislativo para sacar adelante sus proyectos de leyes y rara vez consigue sacarlos en su integridad. Si a eso le añadimos la gran capacidad legislativa de cada Estado (al lado de la cual las competencias de las comunidades autónomas en España no pasan de una tímida descentralización), puede concluirse que el ejercicio del poder en Estados Unidos es un juego de equilibrios políticos continuos, eso sí, sólo entre defensores de matices dentro de un sistema socioeconómico indiscutible. Reflejo quizá de que una mitad de la población nunca acude a las urnas (la mayor parte de esa mitad ni siquiera se inscribe para votar), dejando el campo de la decisión a la mitad más acomodada, parte de la cual, a veces, tampoco se molesta en votar: en las recientes elecciones legislativas de medio mandato el índice de participación ha sido del 37 por ciento, el más bajo registrado desde las de 1942, en plena guerra mundial.

Obama, que había levantado tantas esperanzas, entra en la recta final de su segundo mandato sin cerrar Guantánamo, con nuevos compromisos militares en el exterior que desmienten el precipitado Premio Nobel de la Paz con que le obsequiaron al principio de su mandato, con una reforma del sistema sanitario muy devaluada y con la nueva política migratoria en el aire. Muchos de esos fracasos son producto de los bloqueos parlamentarios, promovidos especialmente por el Tea Party, que ha traspasado en ocasiones las líneas rojas de la pugna política, sin importarle, por ejemplo, llegar a paralizar la administración federal, por negarse a prorrogar la autorización de déficit. Un nivel de intransigencia poco habitual en el parlamentarismo de componendas que suele predominar en Washington y que tiene que ver con los continuos mensajes de descalificación de Obama, en lo que muchos entienden como un prejuicio racista soterrado.

De todas formas, no hace falta que la manipulación de extrema derecha empañe el historial de un presidente –que, a pesar de todo, ha conseguido que su país esté superando la crisis– para comprobar que el ejercicio del poder está limitado y que los grandes planteamientos tropiezan con muchos obstáculos a la hora de pretender desarrollarlos, aunque sean justos y necesarios (o quizá precisamente por eso). Ya lo advierten, con mensajes apocalípticos, los que controlan el poder económico cada vez que, en cualquier país, una fuerza política alternativa, de esas que quieren acabar con la corrupción y con los privilegios fiscales, entre otras cosas, sube puestos en las encuestas.

@jagacinho

España

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