Elecciones sin Europa

El plumilla errante
José A. Gaciño

Del 68,5 por ciento de participación registrado en las primeras elecciones al Parlamento Europeo que se celebraron en España, en 1987 (un año después de su ingreso en la Comunidad Europea), al 44,9 por ciento de participación de las últimas, las de 2009, en una tendencia que las encuestas siguen marcando para el próximo 25 de mayo, se ha ido enfriando aquella euforia europeísta que vivieron los españoles con la incorporación a las instituciones comunitarias. Ingresar en el selecto club europeo fue en su momento como entrar definitivamente en la modernidad, una vez que la transición a un régimen democrático le había permitido al país sacudirse la caspa de una dictadura cutre y cruel.

Ahora, 27 años después de aquella euforia, la convocatoria de unas nuevas elecciones europeas (la séptima en la que participará España) se produce en un clima de recelo creciente ante las medidas que llegan desde la cúpula de la Unión Europea, un recelo anterior a la crisis, pero que la gestión de la crisis contribuye a agravar. En los comicios de 2004, cuatro años antes de que estallara la catástrofe financiera, menos de la mitad de los electores españoles (un 45,1 por ciento para ser exactos) acudieron a las urnas para elegir eurodiputados. En los de 2009, ya con la crisis encima, sólo bajó un par de décimas (hasta el 44,9 por ciento).

No es tampoco un problema exclusivo de los españoles, pero, después de haber  figurado entre los europeístas más entusiastas, ahora se sitúan por debajo de la media. Los datos del último Eurobarómetro señalan, por ejemplo, que sólo el 39 por ciento de los ciudadanos europeos confían en el Parlamento Europeo. En España, ese índice de confianza ha bajado al 23 por ciento.

Nadie pensó nunca que fuera a ser fácil este laborioso proceso de construcción de una Europa unida. De hecho, todos los pasos que se fueron dando desde la creación en 1951 de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero fueron especialmente cuidadosos, incluso excesivamente lentos en ocasiones, hasta desembocar en la actual Unión Europea de 28 países, después del acelerón que se imprimió en 2004 con el desembarco simultáneo de diez países (ocho de ellos del Este). Y cuando se intentó caminar hacia la unión política, los referendos sobre la Constitución europea quedaron bloqueados por el vértigo nacionalista de algunos países (Francia y Holanda dieron la cara con sus “noes”, pero otros se escudaron en ellos para cerrar el proceso).

Con una moneda común (aunque sólo para 18 estados miembros), pero sin una política económica y fiscal común, la UE hace frente a la crisis en inferioridad de condiciones con respecto a otras potencias que disponen de todo el instrumental necesario para hacer frente a los desequilibrios financieros. La prolongación de las dificultades está aumentando el euroescepticismo. Partidos nacionalistas de extrema derecha –xenófobos y racistas además– aparecen a la cabeza de los sondeos en países donde, hasta ahora, eran sólo grupos testimoniales. Suben en parte porque recogen la frustración de sectores sociales castigados por la crisis y, en mayor medida, porque esa misma frustración provoca mayores niveles de abstención, que castigan a las formaciones mayoritarias.

En España, los grupúsculos de extrema derecha siguen sin posibilidades electorales y tampoco los grupos minoritarios más moderados, de izquierda y de centro, llegan a inquietar a los dos grandes, aunque suban de votos. Parece que la mayor parte de la frustración se va a descargar en la abstención. En una campaña de muy bajo nivel y en la que Europa parece que es lo que menos importa, los dos grandes partidos van a pelear por unas décimas de porcentaje que les sirvan para disfrazar de victoria el ensayo de las próximas elecciones generales.

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