Enfermedad en el corazón de las tinieblas
Desde el mismo escenario en que Joseph Conrad situó su corta pero intensa novela El corazón de las tinieblas (las tinieblas de la brutalidad colonialista contra el corazón salvaje) acaba de llegar hasta el mundo desarrollado la epidemia de ébola, una enfermedad identificada en 1976. Desde aquel año, en que fue detectada en Congo y Sudán, y hasta 2013 se habían desarrollado unas veinte epidemias, localizadas en países africanos, que causaron en total 2.345 muertes. Pero la última epidemia, iniciada el pasado mes de marzo, supera ya los cuatro mil muertos y ha dado un salto cualitativo: ha pasado al mundo desarrollado, primero a través del traslado de enfermos que habían contraído la enfermedad en África a Estados Unidos, España, Reino Unido y Alemania, entre otros, y después por el primer caso de contagio que se produce fuera de África, el de una auxiliar de enfermería en España diagnosticada oficialmente el 6 de octubre.
Mientras la enfermedad se limitaba a zonas marginales del ya marginado continente africano, las grandes industrias farmacéuticas apenas han investigado y preparado remedios para una población que no iba a poder pagarlos (sólo la investigación militar se interesó por el virus, sobre todo para estar al día en materia de posible guerra biológica). Ahora que la enfermedad toca a las puertas del mundo desarrollado, se encienden las alarmas por cuarenta años de retraso en la lucha contra esta nueva epidemia emergente que presenta características que recuerdan al sida (contagio inicial de animales a humanos y origen geográfico en África).
La ONU pidió que se constituyera un fondo de mil millones de dólares para combatir los efectos del ébola en los países afectados en África Occidental, que carecen de infraestructuras sanitarias adecuadas. Apenas recaudó la cuarta parte. Sólo ahora, después de siete meses, empieza Estados Unidos a movilizarse para enviar ayuda. Y la gran industria farmacéutica empieza a prepararse para hacer caja, aunque sea con productos que todavía no han pasado toda la fase de experimentación y comprobación. Con el recuerdo de la falsa alarma de la gripe A (que le reportó a Roche, por ejemplo, más de dos mil millones de euros de ingresos por la venta de su antigripal Tamiflu), los valores farmacéuticos suben en bolsa. Y lo que podría haber quedado aislado y controlado por mil millones de dólares lleva camino de propagarse y multiplicarse en vidas y en dinero.
Todo este proceso de confusión, especulación y alarmismo podría servirnos de ejemplo para argumentar que el egoísmo inteligente debe conducir a la solidaridad, en relación con el ébola como con tantos otros aspectos de la desigualdad provocada por un sistema basado exclusivamente en el lucro inmediato y por los arrogantes beneficiarios del sistema, que prefieren las barreras de protección y las medidas represivas, antes que buscar la seguridad en una más equilibrada distribución de los recursos.
El ébola, por otra parte, no es sino la última enfermedad terrible que afecta a África y ni siquiera es la más letal en un continente que puede ver morir de malaria a un millón de personas al año y donde hay zonas en las que el cólera persiste. Y todo ello sin que las tinieblas de las grandes multinacionales expoliadoras (ahora también chinas, junto a las occidentales de siempre) hayan dejado de invadir su corazón.
En otro nivel de comportamiento miserable, unos prepotentes e incompetentes gobernantes españoles se permiten despreciar a una auxiliar sanitaria porque su contagio les ha emborronado la medalla al mérito de la compasión que se habían colocado por la repatriación de dos misioneros afectados en África. No han aprenddo de ninguno de ellos la virtud de la solidaridad.





