Esperando el cadáver del enemigo
La Comisión Europea –que tiene a cientos de miles de refugiados vagando por los caminos del continente o atrapados entre fronteras que creíamos superadas–está, sin embargo, preocupada por el futuro gobierno de España. Se toma con parsimonia un grave problema de asistencia humanitaria que puede poner en peligro algunos de los aspectos más destacados de la construcción de la unidad europea, como el de la libre circulación de personas por el espacio Schengen, pero se muestra impaciente ante los retrasos en la formación de nuevo gobierno en España. Ante los retrasos y ante su composición.
Sin llegar a los extremos del PP, que predice la ruina del país si sale adelante un gobierno de socialistas, radicales e independentistas, desde Bruselas insisten en la necesidad de un gobierno estable, que cumpla con sus obligaciones europeas, como insinuando que determinadas opciones que aspiran a gobernar en España podrían no tener claras esas obligaciones. No deben de estar muy seguros de la cohesión europea en materia económica, a pesar de que, después de obligar a Grecia a renunciar a sus políticas de reactivación, parecía que estaba claro que nadie puede salirse del rumbo marcado hacia la desigualdad y que la satisfacción de las deudas es lo primero, sobre todo si quien recauda los intereses es un banco alemán.
La presión europea viene a unirse a las presiones que le llueven al líder socialista incluso, o sobre todo, desde sus propias filas. Casi desde la misma noche de las elecciones del pasado 20 de diciembre, los guardianes de las esencias del aparato del PSOE no han dejado de advertir a Pedro Sánchez sobre las malas compañías. Aparentemente de acuerdo con su postura de no apoyar a Rajoy ni por activa ni por pasiva, son muy alarmistas sobre posibles entendimientos con la izquierda radical de Podemos y totalmente reacios a que los independentistas apoyen su investidura, aunque sea por la vía de la abstención. Es decir, no le dejan apenas margen de maniobra. En resumen, queda claro que determinados barones feudales del PSOE –algunos de los cuales, curiosamente, han pactado con Podemos en su comunidad autónoma– no se fían de su secretario general.
En el exterior, no lo tiene más fácil. Las fuerzas emergentes (Podemos y Ciudadanos) se confiesan incompatibles entre si, lo cual complica las posibilidades de combinación para que salgan los números. La guerra de todos contra todos parece sugerir que ya ha empezado la nueva campaña electoral y que el objetivo de cada uno es echarle la culpa a los demás de la imposibilidad de formar gobierno. Particularmente cínica es la postura del PP, que, después de despreciar la oferta del rey para intentar la investidura, ahora mete prisa a Pedro Sánchez –que ha asumido con dignidad patriótica el marrón de fracasar en su investidura– para para que se estrelle cuanto antes y empiecen a correr los plazos.
También le acusan de no querer dialogar con el partido más votado, como si ellos no se hubiesen cerrado por completo al diálogo mientras tuvieron mayoría absoluta, y como si su líder, en la semana siguiente a las elecciones, no se hubiese limitado a recibir en audiencia a los demás líderes políticos, en su despacho de presidente del gobierno, como para significar su preeminencia sobre el resto de simples candidatos (no es el único que utiliza un escenario institucional para sus negocios partidistas: Artur Mas y Susana Díaz hicieron lo mismo en su momento). Más que una apertura de negociaciones, parecía una parodia de la ronda de consultas que le corresponde al jefe del Estado.
Como en la viñeta de Peridis en El País, Rajoy ni se molesta en levantarse del catafalco para ver pasar el cadáver de su enemigo. Espera que las presiones europeas, mediáticas y del propio aparato socialista le hagan el trabajo, antes o después de unas nuevas elecciones. Ya veremos si queda Rajoy para entonces y entre quiénes se sortea la culpa de que sigan en el gobierno los campeones de la corrupción.
@JAGacinho







