Espionaje universal con indignaciones hipócritas
Nueva oleada de hipócrita indignación oficial por el descubrimiento de prácticas de espionaje indiscriminado a la población de todo el mundo y, sobre todo, por la difusión del espionaje muy discriminado a determinados gobernantes europeos por parte de los servicios secretos de un gobierno aliado y amigo (el de Estados Unidos, claro). Y digo hipócrita porque nadie nos va a hacer creer que esos gobernantes presuntamente indignados no sabían que la vieja actividad del espionaje se practica en todo momento, por parte de todos los países (cada uno en la medida de sus recursos y de sus habilidades), para curiosear las actividades y pensamientos de amigos y enemigos.
En todo caso, la indignación habrá sido producida más bien por el bochorno a que han quedado sometidos ante la opinión pública de sus respectivos países (de cuyos votos depende su continuidad en sus cargos), al conocerse que los servicios secretos de la potencia hegemónica humillan a un gobernante aliado controlándole hasta el teléfono personal. Bochorno general, por otra parte, ya que el máximo responsable de la Agencia Nacional de Seguridad estadounidense no ha tenido inconveniente alguno en explicar en sesión parlamentaria que, en realidad, una gran parte de la información que recopilan en todo el mundo proviene precisamente de los servicios secretos de esos gobiernos que ahora se escandalizan (entre ellos, el español, que de todas formas se ha escandalizado bastante menos que otros), que estarían espiando a sus propios ciudadanos por encargo de una potencia extranjera.
Alrededor del concepto de la seguridad del Estado, en todos los países y en todos los sistemas políticos, en todos los momentos de la historia, se ha configurado un compartimento estanco en la estructura de cada Estado, fuera del control ciudadano. A veces, incluso fuera del control del poder político nominal, al menos en parte. Ni parlamentos ni gobiernos están nunca seguros de ser informados con plena claridad por parte de quienes hacen de la manipulación de información secreta la base fundamental de su parcela de poder.
Todas estas tramas, además, se han ido expandiendo y complicando extraordinariamente con los avances espectaculares de las nuevas tecnologías. Concebido inicialmente como un sistema de comunicación interna del ejército de Estados Unidos, Internet se ha convertido en un mecanismo que una gran parte de la humanidad (quizá no la mayoría, pero sí los sectores sociales más significativos de todos los países del mundo) considera imprescindible para comunicarse. Su expansión universal facilita una gran parte del control que los distintos poderes políticos y económicos ejercen sobre sus clientes (electores o consumidores), que, voluntaria o involuntariamente, vuelcan en las redes más datos de su privacidad de los que estarían dispuestos a confesar por otras vías. George Orwell podría haber descrito, en su 1984, una sociedad mucho más siniestra si pudiese haber imaginado a su Gran Hermano con todo el arsenal informático que se puede manejar hoy día.
Habría que agradecer a Snowden su llamada de atención sobre ese lado oscuro de esta sociedad que se considera abierta y plural. No es la primera llamada de atención y en eso se distinguen las sociedades con mecanismos democráticos, aunque las autoridades respondan con las mismas acusaciones de traición que las de regímenes dictatoriales, incurriendo en la contradicción –hipocresía– de considerar delincuente a quien está denunciando actividades delictivas. Esperemos que no sea la última, a ver si la repetición de las denuncias contribuye a romper el dilema entre libertad y seguridad, que los controladores inclinan a su favor a base de meternos miedo con los horrores que su espionaje es capaz de evitar.





