Europa, inmigración, vergüenza e indiferencia
Por un lado, la conmoción por el trágico naufragio, ante la isla italiana de Lampedusa (que está más cerca de Túnez que de Italia), de una embarcación que transportaba a unos quinientos somalíes y eritreos que pretendían llegar a Europa y de los que sólo unos ciento cincuenta han sobrevivido. Por otro lado, el recelo creciente hacia los inmigrantes entre los europeos castigados por la crisis, reflejado en las encuestas y en el ascenso electoral de las opciones de extrema derecha cada vez en más países.
Conviven así, en la sensibilidad europea, la vergüenza con la globalización de la indiferencia, por emplear las expresiones con las que se ha referido a este fenómeno la máxima autoridad de la Iglesia Católica, el papa Francisco, cuya visita al centro de acogida de inmigrantes de Lampedusa fue precisamente uno de los primeros gestos de su mandato (gesto a agradecer en una colectividad religiosa cuya jerarquía parece más preocupada por la moralina sexual que por la misericordia, sin hablar de la ética social, inexistente en el vocabulario de muchos de esos jerarcas).
Las autoridades italianas pueden estar ahora muy compungidas por esas escandalosas muertes de la desesperación ante sus costas, y jugar a la reparación inútil de concederle a los muertos la nacionalidad italiana a título póstumo, pero mantienen vigentes las leyes berlusconianas que criminalizan no sólo la inmigración irregular sino cualquier ayuda a los inmigrantes irregulares (no es de extrañar que varios pesqueros pasaran de largo ante la embarcación que pedía ayuda), y aplicando esas leyes un fiscal acusa a los supervivientes del delito de inmigración ilegal. Pueden culpar a las autoridades de la Unión Europea por no recibir ayudas para controlar sus fronteras, pero tampoco han trabajado por una política europea común sobre la inmigración. En realidad, ningún gobierno se ha preocupado realmente por abordar con seriedad este problema. La actual situación de crisis sirve de coartada para no plantearse modelos integradores supuestamente costosos, pero es que tampoco se plantearon en los momentos de prosperidad.
Parece claro, pues, que la indiferencia le gana la batalla a la vergüenza. Mejor dicho, la batalla la ganan realmente los xenófobos y racistas beligerantes, gracias a la presunta indiferencia de esa mayoría silenciosa que el gobernante de turno interpreta siempre como apoyo tácito a su gestión. La extrema derecha que rechaza a los inmigrantes, cuando no los persigue o los mata directamente (como hacen los nazis griegos), puede que no llegue a gobernar pero consigue influir en quienes gobiernan (de derechas o de izquierdas), que van adoptando medidas puramente represivas y cada vez más represivas.
Y lo peor es que se hace por motivos electoralistas, lo cual implica un cierto nivel de complicidad en un sector significativo de los ciudadanos que votan. Beligerantes o indiferentes, esos ciudadanos asumen el discurso simplista de que los inmigrantes vienen a quitarle trabajo y asistencias a los de aquí y, por lo tanto, hay que impedir que lleguen más y echar a los que todavía quedan. Un discurso que la extrema derecha promueve y que cobra nuevas fuerzas en este ambiente de naufragio económico y social general, en el que parece predominar el criterio de que se salve el que pueda.
Ante ese pobre criterio de electoralismo mezquino, ni siquiera la izquierda se ha preocupado –y el comportamiento del gobierno socialista francés con los gitanos rumanos y búlgaros es especialmente vergonzoso–, ni ahora ni en los años de vacas gordas, de elaborar un discurso propio que contemple la complejidad del fenómeno, desde los criterios de cooperación con los países de origen hasta la integración solidaria de esta mano de obra joven que contribuiría a corregir el envejecimiento (y no sólo físico) de esta Europa anquilosada en el callejón sin salida de la austeridad.





