Fútbol: entre justicia y equidad
Vaya por delante que pienso que aquel que haya incumplido la ley debe pagar por ello, sea persona física o empresa, rico o pobre, grande o pequeño. Dicho esto, la siguiente reflexión me hace preguntar: ¿Qué capacidad tiene FIFA, demostrado que es un nido de corrupción, de intereses creados y de delincuentes de cuello blanco, para legislar e imponer sanciones a clubes, a aficiones, en función de supuestas irregularidades en un conflicto en el que convergen y se entremezclan asuntos deportivos, morales, sociales y legales?
Las sanciones, primero al Barcelona, luego a Real y Atlético de Madrid, y la amenaza de estar investigando a otros clubes de la liga BBVA, pone el foco sobre el fútbol español, mientras desoye que estas presuntas prácticas ilegales se manifiestan en la mayoría de las ligas y en todos los grandes clubes. La ley que prohíbe transferencias en menores de 18 años con el fin de proteger a los menores de edad de las garras de las mafias sin escrúpulos que trafican con niños, es una idea extraordinaria, como concepto, y a la que hay que aplaudir y defender; otra cosa es el estudio pormenorizado e individualizado de cada caso que evite los efectos nocivos de la propia norma y separe lo que es el negocio puro y duro, la masiva y descontrolada migración de niños, de otras razones, tanto familiares como sociales, que debe generar un equilibrio de intereses y el papel que se espera del mundo del deporte.
Estamos en ese punto de difícil simetría de lo moralmente incorrecto y que obligaría a FIFA a estudiar con todo detalle el comportamiento de cada caso, de cada niño, de cada club y de esos agentes externos, muchos de ellos protegidos y amparados por la propia organización futbolística, que confunden y entremezclan negocio y deporte en el submundo del balón.
No me atrevo desde aquí a someter a la crítica un precepto que tiene un fin loable y plausible como idea, aunque me planteo si es FIFA en el actual marco de podredumbre y envilecimiento que les envuelve, el actor necesario para dar lecciones morales y, sobre todo, en una norma del derecho que debería emanar de la propia naturaleza del mismo de si la ley busca de verdad el ideal de la justicia. Los niños deben contar con las garantías propias de su edad, evitando quedar expuestos al mercadeo de quienes tienen instalado su gran negocio alrededor de la pelota; evitar esa clara exposición al lucro y respetar los derechos esenciales del menor, es más que una obligación para el máximo organismo del fútbol que debe prevalecer siempre sobre cualquier otra circunstancia. Pero el espíritu de la norma debería evitar la generalización de la ley que sobrevenga situaciones esperpénticas como su aplicación sobre niños, que cambian de país por temas laborables de sus padres u otros a los que el fútbol les ofrece una oportunidad en la vida, desde la nada. Conjugar estos elementos y no esconderse en la literalidad de la norma es lo que se exige a FIFA.
De hecho una posible solución al conflicto podría ser que ningún niño, ni su entorno, ni sus representantes, nadie, pudiera recibir contra prestación económica alguna, más allá de una formación académica y personal, hasta cumplir los 18 años de edad. Esto alejaría a los caza talentos, mercaderes y hienas de carne fresca y del balón.
Discernir entre lo legal y lo justo no es sencillo, saber dónde termina la acción social y humanitaria y dónde comienza el vil negocio es el quid de la cuestión. Como decía Aristóteles, lo justo y lo equitativo son la misma cosa, la única diferencia es que lo equitativo es aún mejor.
@AgCastellote







